Desplázate para comenzar
Aquel día que conocí a Barrett Buvelle, yo era joven y osada, y mi corazón ardía con una rectitud que parecía ahuyentar cualquier sombra de duda.
Desde su lugar junto al trono del joven rey Jarvan III, coronado tan solo una quincena atrás, me observó entrar al Salón del Valor en cuanto se anunció mi nombre. Los dos hombres se veían algo interesados, sé que era atractiva a esa edad, a pesar de mis esfuerzos por suprimir mi belleza, pero el joven rey parecía estar aburrido y cansado de lidiar con el descontento de la nobleza.
Jarvan esperó que a Barrett le susurrara algo al oído y luego habló. Solo podía ver la silueta del lado izquierdo de Barrett, ya que su cuerpo estaba inclinado hacia el rey. Como solía estarlo, como siempre lo estuvo. ''Lestara Demoisier'', dijo Jarvan, con una voz fuerte y clara que retumbó por el gran salón de petricita y mármol. ''¿Qué te trae ante mí hoy?''.
''Su fracaso''.
Si mal no recuerdo, eso les llamó la atención. Jarvan levantó las cejas hasta que desaparecieron debajo de su corona. Barrett, con los ojos bien abiertos, apretó el hombro del monarca con firmeza.
''¿Mi fracaso?'', preguntó Jarvan, confundido y sorprendido. ''¿Mi fracaso en qué? Me coronaron apenas hace una quincena. ¿En qué pude haber fracasado desde entonces?''.
''Ha sido rey durante dos semanas enteras y aún no ha hecho nada para atender la precariedad que sufren los de abajo''.
Puso los ojos en blanco, pensando que sabía lo que yo quería. Estoy segura de que, en aquella época, había muchas chicas que recurrían al rey con la esperanza de mejorar su prestigio personal y el de sus familias, y él debía estar harto de esas solicitudes. ''No puedo seguir ennobleciendo a la casa Demoisier sin motivo, como ya les expliqué a incontables solicitantes hoy. A lo mejor, si demuestran servicio en batalla...''.
''No hablo de los nobles''.
Barrett giró y me miró de frente por primera vez, totalmente asombrado. Todavía recuerdo el resplandor de su armadura, ornamentada con el respetado sello de la casa Buvelle en el centro del pecho. Brillaba como un diamante. Como sus ojos.
''¿Entonces de quién hablas?'', preguntó Jarvan con curiosidad.
Ese era el momento que había estado esperando. Me aclaré la garganta antes de continuar; tenía mucho para decir. Primero, llamé la atención hacia collar que portaba sobre mi blusa, dejando ver el símbolo de la vela encendida de los Iluminadores. ''Hablo de sus súbditos'', proclamé hostil. ''Hay personas en Demacia que no tienen hogar ni trabajo, y usted les ha fallado al negarse a ofrecerles ayuda, incluso mientras negocia la paz entre los nobles enemistados. Hay gente buena y honesta que tiene que vivir en la calle, dormir en graneros para evitar las lluvias nocturnas o pasar días sin comer porque cada trozo de comida que encuentran es para sus hijos. Si de verdad quiere lo mejor para su reino, ellos deberían ser su prioridad... y no aquellos que ya tienen más que suficiente''.
Hubo apenas un momento de silencio entre los dos hombres atónitos antes de que Barrett soltara una carcajada estruendosa que rebotó contra las paredes e hizo eco por todo el salón del trono hasta que finalmente llegó a mis orejas rojas y ardientes. Sentí una pesada vergüenza que cayó en mi estómago como una roca.
En ese momento, Barrett se me acercó. Di un paso hacia atrás con cautela, pero era rápido. Me tomó de la mano y dijo...
Bueno. Por desgracia, no recuerdo con exactitud qué dijo. Mi memoria es tan clara con algunos recuerdos de mi vida y tan difusa con otros. En términos generales, dijo algo así como que él se ocuparía personalmente de planear un proyecto para dar hogar a cada demaciano desposeído. Jarvan III miró boquiabierto a su amigo; claramente, no estaba de acuerdo con las promesas que me hacía este hombre.
Pero Barrett nunca prometía algo a menos que de verdad se comprometiera a hacerlo bien. Así que solo miró a su amigo de la infancia hasta que el rey asintió con la cabeza. ''Se debió haber ofrecido ayuda a esta gente hace mucho tiempo'', reflexionó el rey, mientras me miraba con un respeto recién ganado. ''Gracias por mencionarme esta discrepancia. Lord Buvelle y yo comenzaremos con esta planificación cuanto antes''.
Sonrojada, me quedé mirando cómo mi mano reposaba sobre la de Barrett, con sus dedos alrededor de los míos. Por supuesto que ya en ese entonces sabía quién era. La mano derecha del joven rey. El hombre que conocía el corazón del rey como ningún otro. El hombre por el cual el rey mataría, y por el cual el rey se sacrificaría.
Sonriéndome, Barrett Buvelle me dijo: ''Solo me duele que hayamos tardado tanto en hacer lo que para ti era tan obvio, Lestara Demoisier''.
Esa fue la primera vez que lo oí decir mi nombre.
La última vez fue hace poco más de seis semanas.
Y no volveré a oírlo nunca más.
Enviudé hace tres semanas, pero aún no se siente... real.
Las ausencias de Barrett, cuando era citado a ocuparse de los soldados, solían ser largas. Duraban tres meses, en general. A veces, Kahina y yo íbamos a visitarlo al frente y a ayudarle a repartir comida, suministros y buenos ánimos a los demacianos que arriesgaban su vida por nosotros. Pero no siempre.
Esta vez, aún se siente como si pudiera entrar caminando a casa en cualquier momento, con el ceño apenado por todo lo que habrían de atravesar esos jóvenes soldados, por las familias que dejarían de luto cuando dieran su vida por el país.
Era un capellán. Nunca debió haber muerto en batalla.
Barrett no fue la única persona que perdió la vida, claro. Me explicaron que esa batalla fue imposible de ganar. Hasta la Vanguardia Valerosa cayó ante el poder de los enemigos de Demacia. Era inconcebible, hasta que sucedió. Qué oportuno que el lugar donde murió mi esposo, y muchos otros, se llame las Puertas del Duelo.
Jarvan quería que el funeral de Barrett ocurriera tan pronto como nos devolvieran su cuerpo. Le dije que primero debía honrar al difunto mariscal superior; su amor por mi esposo no podía nublar sus obligaciones hacia aquellos que le sirvieron con sus espadas y sus almas. No obstante, la verdadera razón era que yo no podría soportar lo real que se volvería su muerte con el funeral.
Pero los funerales no pueden dejarse de lado para siempre. Hoy, debo reunir la fuerza para decir adiós.
Las primeras cuatro veces que Barrett me propuso matrimonio, le dije que no.
Yo le preguntaba, acongojada: ''¿Por qué me lo sigues preguntando si mi respuesta no cambia?''.
''Es justo por eso que sigo preguntándolo'', respondió él con una sonrisa paciente que llegué a amar profundamente en los años después de conocernos. Me había llevado a los jardines junto al palacio; el cielo estaba despejado y los lirios danzaban en sus ojos. Tengo que admitir que este contexto era más romántico que los primeros tres.
''Sabes por qué no puedo aceptar''. Me había prometido a mí misma que me uniría a la orden de los Iluminadores para ayudar a los necesitados: darles resguardo, comida y trabajo, escuchar sus historias e incluso tal vez enseñarles algunas artes curativas para minimizar las dolencias. Los Iluminadores parecían representar verdaderamente los valores demacianos que me habían inculcado, y todo el tiempo que pasé con ellos me abrió los ojos y el corazón a la idea de tener una vida dedicada a la asistencia. Y si bien había Iluminadores laicos que conseguían un balance entre la obra caritativa y las necesidades familiares, aquellos que se dedicaban por completo a la orden vivían una vida monástica y no se casaban. Esa era mi intención.
''Sí, lo sé''. Barrett lo entendía por todas nuestras conversaciones sobre las injusticias y cómo podrían corregirse. Pero él nunca abandonó la idea de que el amor lo puede todo, incluso hacer cambiar de parecer a una niña terca.
Y su persistencia, no solo en las propuestas de matrimonio, sino en las acciones que tomaba para demostrarme su amor, comenzó a desgastar mi determinación. Yo había llegado a amarlo también (por accidente mío y por esfuerzo suyo), y cada vez que negaba su propuesta me pesaba demasiado. Era fácil ver la hermosa vida que podría tener con este hombre si tan solo lo permitiera.
Al alejarme de él, me temblaban las manos y me ardían los ojos. ''Tienes que empezar a buscarte una esposa en otro lado, Barrett, o todas las mujeres buenas ya se habrán decidido por otro''.
''No me casaré si no es contigo''.
''Tu familia nunca te lo permitiría'', le respondí con una risa triste. No podía existir un futuro en el que los Buvelle no obligaran a Barrett a casarse, así fuera solo para engendrar a un heredero.
''¿Me amas?''.
''Claro que sí''.
''¿Y crees que te amo?''.
''Sí. Eso lo dejaste muy claro''.
''Entonces déjame decirte otra cosa''. Pausó. ''Me gustaría si pudiéramos hablar de esto... mirándonos. Si te parece bien''.
Negué con la cabeza, sabiendo que si lo miraba en ese momento, rompería en llanto.
''Está bien''. Pude escuchar cómo inhalaba profundo, movía los hombros e intentaba calmarse. ''Mi familia ha acumulado mucha riqueza e influencia con el paso de los siglos. Si me lo pidieras... lo invertiría todo en la obra de caridad que tanto anhelas. Para ayudar al pueblo de Demacia. A cada demaciano''.
Me costó respirar. ¿Toda la fortuna de los Buvelle a beneficio de los menos afortunados? Eso superaría con creces cualquier cosa que yo podría conseguir con los Iluminadores.
Pero en un instante me ofendí; me irritó que le pusiera un precio a mi aceptación. ''¿Pero no harías esto si me niego a casarme contigo? Eso no te hace un hombre honorable, Barrett, te hace un pícaro''.
Barrett me miró fijo y parpadeó confundido. ''¿En qué momento dije que deberías casarte conmigo para hacerlo? Lo único que necesito para hacerlo es que me lo pidas. Que guíes mi mano y que me ayudes a entender dónde puedo hacer el mayor bien''.
Toda mi furia se disipó como vapor y me quedé mirándolo. Barrett acababa de comprometer su vida entera, sin pedir nada a cambio. Y su palabra era honorable: si lo decía, iba a hacerlo.
¿Cómo puede un hombre ser así?
Volvió a sonreír, con gentileza y con amor en los ojos. ''Pero debo admitir que me gustaría más si te tuviera en mi vida''.
Y entonces me lo preguntó una quinta vez.
Esta vez, acepté.
Como se lo pedí, Jarvan III organizó primero el funeral del mariscal superior, al que asistieron ciudadanos y soldados de toda Demacia para ver cómo enterraban al difunto Purcivell Bronz junto a los demás héroes en el Salón del Valor. Las calles estaban atestadas y Bronz había sido despedido con todo el respeto de las personas a las que sirvió.
La ciudad no es lo suficientemente grande como para contener a toda la gente que ha venido a despedir a mi esposo.
Las tabernas están repletas. Afuera de las murallas, la gente beneficiada de algún modo por la obra de mi esposo se instaló en miles de tiendas de campaña. La marcha funeraria ha cambiado de ruta dos veces, pasando por las calles y también por afuera de las murallas para que todos tengan la oportunidad de tocar su ataúd y llorar.
Lo único que me mantiene con los pies en la tierra son las manos de mis hijas, que me sujetan con firmeza, una a cada lado. Puedo sentir los latidos de sus corazones a través de las palmas, lo que me recuerda que están vivas y sanas y aquí conmigo.
Normalmente, el salón del trono está lleno de gente que quiere despedirse de los caídos, pero el rey tuvo que ser selectivo el día de hoy. Ofreció con generosidad que el Salón del Valor quede abierto al público la próxima semana, pero hoy es para un grupo reducido. Reconozco casi todas las caras, aunque a pocos consideraría ''amigos''.
Nobles. Aristócratas. Figuras políticas importantes.
Jarvan cumplió mi deseo de que una Iluminadora lleve a cabo la ceremonia. La señora Myrtille, una sanadora reconocida y la mentora de mi hija Kahina, recita un poema conocido:
Hoy se apaga una llama que alguna vez ardió.
Por la luz, la calidez perdida, no se lamenten,
porque aunque solo vemos el humo,
ninguna luz se apaga verdaderamente.
No cuando consiguió encender otras,
que brillan con fuerza y arden con pasión.
Tu calor entre nosotros estará y tu luz persistirá,
mientras honremos tu chispa, tu luz inmortal.
Las palabras no me reconfortan, pero son fáciles de decir tras décadas de repetirlas, así que eso hago.
Debo admitir que no le estoy prestando mucha atención a la ceremonia. Mi mirada gravita hacia el recipiente de las cenizas. La armadura de Barrett fue reforjada para que contenga sus cenizas, como se acostumbra hacer con todos los caídos. Me lo puedo imaginar vistiendo esas hombreras resplandecientes, pero no descansando allí dentro. Parece un espacio muy pequeño para contener al hombre que conocí. Quizás no esté allí en absoluto.
Se siente como si no hubiera pasado nada de tiempo, pero es momento de los panegíricos.
''Lord Buvelle fue un gran demaciano''.
''Un guerrero habilidoso''.
''Humilde servidor de la corona''.
''Un protector de la tradición''.
Mi cara se entumece de la furia. Barrett no había luchado en una batalla en casi treinta años, y le interesaba más ayudar al pueblo demaciano que ''proteger la tradición'' de las familias nobles. La mayoría de las personas aquí hablan como si nunca hubieran conocido a Barrett, como si solo hubieran oído de él, aunque sé que muchos lo veían casi todos los días. ¿Cómo podían conocerlo tan poco?
Pero ninguno de estos discursos fue tan falso como el que dio Eldred de los cazadores de magos.
''Lord Buvelle tenía como objetivo central la liberación de Demacia de sus peores males''.
Eldred no fue amigo de mi esposo, pero habla de él como si hubiera conocido su corazón. Y aunque sé que Barrett estaba muy comprometido con mejorar Demacia, no era del modo en que Eldred quiere insinuar.
Mi esposo nunca le temió a los magos. De hecho, hasta le abrimos las puertas de nuestro hogar a una, sin saberlo, y nunca permitiríamos que la alejaran de nosotros. Sona, nuestra hija adoptiva, se sienta a mi lado hoy; deja caer algunas lágrimas en silencio y desvía la mirada para no ver al cazador de magos.
''Él fue testigo de los horrores que amenazan con devorar a Demacia desde adentro, y dedicó todo su tiempo y esfuerzo a las organizaciones que combaten esa podredumbre'', dijo Eldred con una sonrisa maliciosa. ''Y su apoyo fue de suma importancia para aquellos de nosotros cuyas vidas se centran en resguardar el futuro de Demacia''.
Me duele oír a alguien hablar así de mi esposo.
Jarvan III es el último en hablar antes de la familia. Busca mi mirada desde el estrado y, aún sosteniendo el viejo tabardo azul de Barrett, dirige su discurso hacia mí.
''Barrett Buvelle fue un hermano para mí. Sin él... no sería el hombre que soy hoy. El líder que soy hoy. No me avergüenza admitir que sería un hombre más desconsiderado. Más imprudente. Un hombre que, aunque capaz de amar profundamente, no sabría cómo expresarlo con palabras o acciones. Pero su amistad me cambió, y me convirtió en el esposo, padre y rey que soy hoy. Barrett tocaba el alma de todas las personas que lo conocían y las mejoraba''.
''Por fin'', me dice Sona con señas. ''Alguien que sabe cómo era papá en verdad''.
Es cierto. Sabía que si alguien le haría justicia a mi esposo hoy, sería Jarvan.
''Simplemente no puedo soportar que nos lo hayan arrancado cuando aún le quedaba tanto para dar a este mundo. A él no se le hacía fácil la guerra, sino que la hacía más fácil al dar todo su tiempo y amor a los demacianos que luchaban por su país. Y por eso... por este amor que él sentía por su país y sus compatriotas, nos lo arrebataron''.
''Lo juro por las espadas de las protectoras aladas: haré pagar a aquellos que me lo quitaron. Que nos lo quitaron a todos. Si me lleva toda una vida, que así sea; mi amor por Barrett no murió con él. Morirá conmigo''.
Siento como si me hubieran sumergido el corazón en agua helada. El rey se me queda mirando otro momento y luego asiente despacio con la cabeza, como solía hacerlo Barrett cuando prometía algo. Me di cuenta entonces de que él cree que yo también quiero esto.
Un fuerte aplauso retumba en el salón, hace eco y se multiplica en volumen. Todo el lugar está lleno de gente sedienta de sangre, lista para enviar a más demacianos a su muerte para... ¿para qué? ¿Vengarse? ¿Por una falsa sensación de justicia?
Esto no es lo que Barrett hubiera querido.
Sin que me dé cuenta, Kahina está ayudándome a levantarme y haciendo gestos hacia el estrado. Me mira con esos ojos penetrantes que heredó de su padre y me arroja una sonrisita rápida. ''Tú puedes, madre'', me dice con señas. ''Estoy aquí para ti''.
''Las dos'', agrega Sona con señas. Mis dulces niñas. Los dos regalos que mi esposo y yo nos dimos el uno al otro, y que le dimos al mundo.
Tengo la garganta seca y mi voz suena como un susurro irregular. Toso y vuelvo a intentarlo, con poco éxito, pero el ruido de la sala se apagó.
''No tengo palabras para expresar cuán importante era la gente de Demacia para mi marido'', dije, intentando estabilizar mi voz. ''Por eso, haré lo que habría hecho él: demostrarlo''. Miro a todos esos aristócratas a mi alrededor con el mismo fuego en mis palabras que tuve la primera vez que puse un pie en este salón. ''Donaré la residencia Buvelle dentro de la Gran Ciudad al pueblo demaciano en honor a mi esposo. Se convertirá en una biblioteca pública, que incluirá nuestra colección privada, para que cualquier demaciano la use cuando quiera''.
Los murmullos de sorpresa se apoderaron del salón. Los demás nobles no permiten que la ciudadanía ordinaria estudie sus colecciones de libros. De hecho, a algunos les choca la idea de que cualquiera pueda educarse. Sin embargo, Barrett y yo habíamos comenzado a charlar lo de la biblioteca hace muchos años, y a él siempre le encantó la idea de sacar adelante al pueblo demaciano, más allá de asegurarle las necesidades básicas.
Es lo menos que puedo hacer para honrarlo, en especial cuando los demás lo honraron tan mal.
''Nuestra hija Sona compuso una canción en memoria de su padre que le gustaría tocar. ¿Sona?''.
Sona se levanta, con su etwahl atado en la espalda, y ocupa mi lugar en el estrado, donde ya estaba lista la base de madera del etwahl. En cuanto me vuelvo a sentar con Kahina, ya con las cenizas de mi esposo en mis brazos, ella me susurra al oído: ''Le hubiera encantado esto. Es lo correcto''.
''Sé que lo es'', le digo y aprieto su mano mientras Sona toca las primeras notas en su instrumento.
Con solo seis compases de su canción, hizo que todos en el Salón del Valor rompieran en llanto.
''Solo sería por unos pocos meses'', concluía el Iluminador, ya sin aliento. ''¿Podrán ayudar con el bienestar de estos niños mientras están en nuestro cuidado?''.
Barrett y yo nos miramos. ''Creo que podremos hacer algo más que eso'', dijo él, sonriendo. ''¿Cuántos huérfanos de guerra son?''.
''A nuestro cuidado tenemos nueve, dos de los cuales están enfermos y quizás no sobrevivan esta semana. Una de ellos no habla, y aún no sabemos si es algo que podremos curar''.
''¿Puede enviarnos uno de sus sanadores hasta que estén bien?''.
''Pues... sí, podríamos hacerlo''.
''Entonces tráigalos a todos aquí'', resolvió Barrett mientras asentía con la cabeza. ''Tenemos el lugar y los recursos para ayudar a estos niños mientras ustedes se ocupan en buscarles familias adoptivas''.
El Iluminador nos agradeció de todo corazón que ofreciéramos nuestro hogar. Nunca habíamos cuidado de tantos niños, y nunca a no demacianos. Pero la gente de Demacia no es la única en el mundo, por lo que no son los únicos que merecen ayuda en tiempos de necesidad.
Recuerdo que Kahina se emocionó mucho y pasó tiempo investigando sobre Jonia con sus tutores para ver si había alguna forma de que los niños se sintieran más cómodos. Para ver qué festividades podríamos celebrar con ellos..., cosas así. Barrett y yo hicimos lo que pudimos para preparar las habitaciones y cocinamos juntos un gran banquete para recibirlos.
Cuando llegaron, nos dimos cuenta de que ninguno hablaba demaciano. Así que Barrett y Kahina se ocuparon de buscar otra manera de comunicarse, una que tenía muchas señas, gestos con las manos y expresiones faciales. Esa noche, la casa brilló con risas.
Pero cuando escuché música, me distraje. No podía adivinar de dónde provenía, así que la seguí por toda la casa y revisé cada habitación para intentar encontrarla.
Fue en ese momento que la vi. Sona. Estaba tocando un instrumento el triple de grande que ella, con una expresión seria y meciéndose a su propio ritmo. Cuando entré a la habitación, se asustó, pero no dejó de tocar.
Era la música más hermosa que había escuchado.
Barrett me encontró allí, apoyada sobre el marco de la puerta, poco después. ''¿Lestara? ¿Está todo...?''. Perdió el hilo de lo que quería decir en cuanto la escuchó.
Pronto, la pequeñita dejó de tocar y nos miró fijamente con unos ojos enormes. Barrett y yo nos miramos. Luego, él saludó a la niña. Solo un pequeño saludo con la mano.
Sonrió, y su sonrisa brillaba como la luna. Devolvió el saludo con timidez, caminó hacia nosotros y se quedó allí parada.
''Creo que esta es la niña que no podía hablar'', dijo Barrett con gentileza.
''No necesita hacerlo''. Recuerdo haber sentido como si supiera todo sobre ella solo por haberla escuchado tocar. Había sido como una conversación más profunda que las palabras.
Barrett volvió a mirarme. Luego de un momento, sonrió y asintió con la cabeza ligeramente.
Cuidamos a esos nueve huérfanos durante unos tres meses. Ocho se fueron.
Sona se quedó.
La recepción del funeral se realiza en los jardines junto a la Ciudadela del Amanecer, entre los lirios donde había aceptado la propuesta de matrimonio de Barret, y donde finalmente nos proclamamos marido y mujer. Parece que pasó hace tanto tiempo. Parece que pasó ayer.
Mis hijas me acompañan mientras recibimos a un sinnúmero de nobles de luto. Ellas evitan que me pierda en mis propias memorias, aunque es difícil anclarse en el presente.
Se me acercó una joven con un águila azurita posada sobre su hombro. La reconocí de inmediato: era quien había salvado la vida de Barrett unos años atrás y había perdido a su hermano en la batalla. Me paré y la tomé de las manos con firmeza. ''Gracias, Quinn'', le susurro. ''Gracias por darme dos años más con él''.
Se sonroja, avergonzada. ''No... no fue nada''.
''No, nada no. Lo fue todo. Por favor, si hay algo que pueda hacer por ti, házmelo saber''. En ese momento, noto que ella está debatiendo internamente si decírmelo o no, si es el momento indicado. ''Por favor. Quiero ayudarte de la manera que pueda''.
Con algo de esfuerzo, logro que Quinn diga lo que quiere decir. Su aspiración es convertirse en caballera, y me pide con timidez si podría mencionárselo a la nueva mariscal superior recién designada. ''Por supuesto'', le respondo mientras me levanto. Tanto ella como mis hijas comienzan a decir que no tengo que hacerlo ahora mismo, pero en realidad me alegra tener otra cosa en lo que pensar hoy. Tener algo que hacer.
Tianna Guardia de la Corona todavía no se acercó a mí ni a mis hijas. Está parada junto a su prometido mientras lo escucha hablar con unos nobles de otras casas sobre sus intenciones de expandir los cazadores de magos. A ninguno pareciera interesarle mucho, pero supongo que la presencia de una Guardia de la Corona hace que las palabras de Eldred tengan alguna importancia.
Tanto ella como Eldred se dan la vuelta mientras me acerco y me dan su pésame. Ella hasta me abraza, como si no fuera, en parte, la razón por la que murió mi esposo. Cuando me suelta, le digo: ''Tianna, hay una joven por allí, Quinn, que desea hablar contigo''.
''Querida Lestara, justo en este día no deberías preocuparte por servir a otros'', me responde. ''Deja que los demás te sirvan por una vez en tu vida''.
''Si quieres servirme, entonces la mejor manera de hacerlo sería hablando con esta joven. Ella salvó la vida de Barrett una vez''.
Guardia de la Corona frunció la boca con vergüenza. Ella había sido capitana de la espada de la Vanguardia Valerosa durante la batalla de las Puertas del Duelo tres semanas antes, pero había renunciado al cargo para tener la posibilidad de ser nombrada mariscal superior. Fue su Vanguardia la que no pudo proteger a mi esposo. La que no pudo proteger a Purcivell Bronz. Por qué razón se le había otorgado un cargo superior es algo que jamás entenderé.
''Hablaremos de esto algún otro día'', desestima ella.
Pero de mí no se pueden deshacer tan fácil. ''Claro, Tianna. ¿Cuándo?''. Ella murmura algo sobre que debe volver al frente esta semana. ''Entonces tendré que pasar a visitarte en estos días, querida. ¿Té?''.
Noté su expresión aliviada cuando uno de sus ornamentados guerreros se la llevó para discutir una estrategia o alguna otra cuestión relacionada. En su ausencia, Eldred se para junto a mí. ''Una biblioteca es una oferta muy generosa para hacerle a la Gran Ciudad'', dijo con una leve sonrisa.
''Sí, mi esposo fue un hombre generoso''.
''Me interesaría ver qué hay en su colección''.
Pongo los ojos en blanco. ''Los cazadores de magos no encontrarán ningún libro sobre magia en mi propiedad, no hay de qué preocuparse''.
''Ah, pero las descripciones de la magia también pueden ser peligrosas, Dama Lestara''. Su sonrisa fue reemplazada por una expresión rígida que intenta desviar la atención del fanatismo presente en sus ojos. ''Y algunos libros suelen hablar de la magia con... digamos, una falta de juicio algo sospechosa. Hechicería con una moralidad confusa, en lugar de referirse a ella como el mal que sabemos que es. No podemos permitir que esa idea corrompa las mentes del pueblo demaciano y que piensen que la magia es una suerte de... fuerza neutral''.
''¿Acaso sugiere que los cazadores de magos inspeccionen mi colección antes de la apertura de la biblioteca?''. Me sorprende el descaro de este hombre. Los cazadores de magos no tienen la facultad de exigir cosas así, y mucho menos de la nobleza. ''Sigo siendo la Dama Lestara Buvelle, líder de la casa Buvelle hasta que mi hija reciba ese título. Con toda la historia detrás de este apellido, dudo que el rey...''.
''¿Lo exija? Pero, ¿no se enteró?''. Su sonrisa volvió, y mi único deseo es quitársela de una bofetada. ''Fueron los magos noxianos los que nos derrotaron en las Puertas del Duelo. ¿A quiénes cree que quiere castigar el rey?''.
''A los noxianos'', respondí con firmeza, pero me surgió la duda.
Eldred la confirma al negar con la cabeza. ''A los magos''.
Había estado pensando sobre el instrumento de Sona por un tiempo, pero con los años se volvió obvio que no era solo música hermosa.
Y no supe bien cómo decírselo a Barrett.
Nunca nos habíamos guardado un secreto, y sabía que él no les temía ni odiaba a los magos como los demás nobles. Pero no sabía cómo podría llegar a reaccionar si le expresaba mis sospechas de que nuestra hija usaba magia.
Tardé meses en pensar bien cómo decírselo. Fue a la hora de dormir, una semana antes del solsticio de verano, en una noche cálida y con aroma a peonías.
''Barrett''.
''¿Mmm?''. Estaba hojeando el libro de poesía de los Iluminadores, como hacía cada vez que iban a citarlo a hablar con los soldados en el frente.
''Necesito que sepas que, por más que te ame, te abandonaría si llegas a hacer algo para lastimar a nuestras hijas''.
Barrett dejó caer el libro al suelo. ''¿Qué?'', preguntó anonadado. ''¿Qué hice para que pienses que haría tal cosa...?''.
''Solo quería dejártelo en claro'', dije. ''No volverías a verme a mí ni a nuestras hijas por el resto de tu vida''.
Frunció el ceño. ''¿Pasó algo?''.
Recuerdo que me agaché y levanté el libro del suelo para desdoblar las páginas que se habían arrugado. Necesitaba algo para entretener las manos, y mirar algo que no fuera la cara de mi esposo.
''Creo que Sona usa magia''.
''Oh...''.
Cuando levanté la mirada, su rostro era una incógnita.
¿Qué había hecho? ¿Acaso había arriesgado la vida de mi hija? ¿Había arruinado mi matrimonio?
Se volteó hacia mí con una expresión aterrada. Nunca lo había visto así de asustado y no sabía qué iba a pasar.
''¿Cómo...?'', preguntó y se le quebraba la voz. ''¿Cómo podemos mantenerla a salvo?''.
Jamás había amado tanto a mi esposo como en ese momento.
El día entero me dejó exhausta, mis hijas me ayudan a levantarme mientras los últimos invitados nobles van abandonando los jardines.
''¿Te llevamos a casa?'', me pregunta Sona. Es claro que se preocupa por mí; estuvo consintiéndome todo el día, pero sé que la pena también está afectándole a ella.
Niego con la cabeza. ''No. Solo... solo quiero que nos despidamos. Solo nosotras tres. Antes de irnos''. Antes de que abran el salón del trono al público mañana y se amontonen las multitudes a llorar y ocupar demasiado espacio como para tener algo de privacidad.
Kahina está de acuerdo y se va a buscar al rey. Jarvan, por supuesto, dice que tenemos todo el tiempo que sea necesario. ''Si me necesitan, estaré justo afuera'', nos dice. Esto último me conmueve: previamente, el rey solo se había ofrecido a hacerle guardia a un solo hombre, que ahora es cenizas. Al parecer, su amor por Barrett se extiende a su familia.
Me arrodillo junto al tallado que sella su lugar de descanso. Del lado de afuera, hay un bajorrelieve del perfil de su cara, su nombre y el blasón de la casa Buvelle. Las imágenes oficiales que lo conmemorarán en Demacia para siempre. Pero yo sé muy bien que del lado de adentro, junto a sus cenizas, hay un dibujo que le hizo Kahina cuando era niña. Es Barrett dándole agua y un par de botas nuevas a dos jinetes. Un dibujo infantil de un hombre muy querido por la artista.
Kahina se arrodilla a mi lado y me da un beso en la mejilla. ''He estado pensando en cómo quiero honrarlo''.
''Lo honras día a día siendo la maravillosa mujer en la que te convertiste'', le digo, dándole un beso en la frente.
Pero ella se aleja y deja caer las manos en su regazo. ''Hablo en serio, madre''.
Desconcertada, le hago un gesto para que continúe. No sé qué planea decirme, pero está claro que sabe que no me gustará.
Contemplando unos momentos la tumba de su padre, Kahina me dice: ''Alguien tiene que ocupar el cargo de mi padre''.
''Él era un capellán...''.
''Así que eso seré. Más o menos''.
''No entiendo, Kahina''.
Respira profundo, lo que aumenta mi preocupación. Pero en ese momento, sonríe radiante. ''He decidido unirme a los Iluminadores como caballera''.
Me quedo boquiabierta. No puedo evitarlo.
Los caballeros Iluminadores realizan su buena obra en batalla, ayudando a Demacia cuando se los necesita. En tiempos de paz, se abocan por completo a la mejora del reino.
Tal es su devoción que no pueden casarse ni tener títulos de nobleza. No es un problema para la mayoría de los que se enlistan, pero para Kahina, la futura heredera de los Buvelle...
''Eso es... maravilloso, querida. Una noticia maravillosa''. La abrazo con fuerza para evitar que note la preocupación que se apoderó de mi expresión. ''Tu padre estaría tan orgulloso de ti como lo estoy yo''.
Es cierto. Lo estaría.
Sona toca el sello de petricita de la tumba de Barrett y veo que esta noticia también la perturba. La decisión de Kahina de convertirse en Iluminadora hace que Sona sea la única heredera.
Y al ser adoptada, de sangre jonia y no demaciana, las cosas podrían complicarse para ella.
Aún más si los cazadores de magos consiguen ganar el poder que Eldred está anticipando.
¿Qué pasaría si las cosas se complican y debe abandonar Demacia? Barrett y yo discutimos esa posibilidad cuando aún vivía, pero nunca pensamos que llegaría a ser una realidad. Los cazadores de magos nunca fueron muy queridos ni admirados, pero con el futuro matrimonio entre Eldred y Tianna Guardia de la Corona, eso podría cambiar pronto.
No sé cuánto tiempo me quedo ahí sentada considerando el futuro de mis dos hijas, pero, pronto, están listas para irse. Les digo que me quedaré ahí un poco más, que vuelvan a casa sin mí.
Aún no estoy lista para decir adiós.
Jarvan III entra al salón, y no sé si me molesta o me alivia. ''¿Lestara? ¿Sigues aquí?''.
''Sí''.
En silencio, se arrodilla junto a mí. Es un hombre alto, pero se ve que el duelo le pesa en los hombros. Nunca he visto a Jarvan como un hombre viejo, pero ahora puedo ver su edad con claridad.
Él rompe el silencio: ''Recuerdo el día que conocí a Barrett. Era un niño''.
Escuché esta historia mil veces, pero siempre desde la perspectiva de Barrett. Me pregunto cómo cambiará la versión del rey.
''Me había enojado con otro niño, uno que trabajaba en los establos. Creo que había perdido en algún juego o algo así, alguna tontería, y estaba haciendo un berrinche de esos infantiles. Estaba gritando con tanta ira que, me contaron, mi cara se estaba volviendo púrpura''. Con esto se ríe, aunque no hay felicidad en su rostro. ''Entonces Barrett se me acerca y me pregunta qué me hacía pensar que este pobre niño se merecía tal abuso, con esa maldita sonrisa suya''.
''La sonrisa que hacía cuando estaba siendo tan paciente contigo''.
''Exacto. Es lo peor que puede ver un niño de seis años cuando está llorando tan fuerte que no respira. Entonces comienzo a gritarle a él: '¿Sabes quién soy yo?'. Y él, con calma, responde que claro que sabe, y que esperaba un mejor comportamiento de mí''. Mueve la cabeza, y juro que puedo ver lágrimas en sus mejillas. ''Con eso me cautivó. No le importaba que yo fuera un príncipe, solo que debía ser mejor. Eso me calmó y, cuando dejé de llorar, le pregunté cómo se llamaba''. Esta sonrisa es real y está llena de amor por ese niño de su memoria. ''Como dije antes, me volvió un mejor hombre''.
Puedo sentir cómo mis propias lágrimas surgen de nuevo, con calor en mis ojos. ''¿Sí?''.
''¿Qué...?''.
''Barrett no hubiera querido que vengues su muerte''.
Jarvan sabe que tengo razón. Lo sé porque su rostro pierde todo su color. ''No todo lo que hacemos es lo que los muertos querrían que hagamos'', dice, con un tono triste y acérrimo. ''Pero los vivos tenemos que seguir buscando maneras de vivir. Maneras de superarlo''.
Sé que hay cosas que podría decirle, pero nada va a hacerle cambiar de parecer. Jarvan III es un hombre que hace valer su palabra, como mi esposo. Hará lo que decida cuando lo decida, y nada podrá detenerlo.
Así que nos quedamos juntos allí, en silencio, un rato más. Me levanto y deseo haber tenido algo más de tiempo a solas con mi amado, pero el rey no muestra señales de irse y no quiero seguir sentada junto a él.
Cuando camino hacia la puerta, escucho que Jarvan vuelve a hablar. ''Tú lo volviste un mejor hombre a él, Lestara. Espero que lo sepas''.
''Lo sé. Nunca dejó de recordármelo''.
De repente, el rey de Demacia se para y me envuelve con un fuerte abrazo. Puedo sentir que tiembla mientras intenta reprimir el llanto.
En ese momento, todo me queda claro.
Barrett ya no está. Y no volverá.
Mi propio llanto se libera y pronto empiezo a jadear, sin aliento. Siento como si me hubieran extraído todo el aliento del cuerpo y solo quedaran lágrimas abrasadoras.
Lloramos abrazados, sin poder hablar del terrible dolor que nos ahoga. Si me suelto, me caería al suelo.
No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Segundos, minutos, horas... Con el tiempo, me vuelve el aliento, y me quedo ahí respirando; Jarvan también se calma.
''Me cuesta recordar cosas sobre él'', susurró Jarvan. ''Es como que mi mente siempre supuso que él estaría aquí, entonces no tenía razón para... para clasificar su risa o recordar el modo exacto en que decía algo profundo. Pero... necesito algunas de sus palabras, Lestara. Algo que permita que su voz vuelva a retumbar en mi mente. Por favor''.
Pienso un instante, pero... mis más preciados recuerdos de él son memorias que no quiero compartir con Jarvan III; son momentos de Barrett y míos que valoro como tesoros.
Niego con la cabeza. ''No recuerdo sus palabras con exactitud''. En ese momento, después de tres semanas, siento cómo vuelvo a sonreír. Es una sensación extraña, pero de algún modo aún recuerdo cómo se hacía. ''Pero sí recuerdo lo que hizo, y cómo me hizo sentir. Eso es lo que uno debe aspirar a dejar como legado. Es el único legado que importa''.
Lejos de la Ciudadela del Amanecer, Sona sacaba su baúl de abajo de su cama, con cuidado de no despertar a su hermana, que dormía al final del pasillo, y comenzaba a vaciar su armario. Casi todas eran prendas que usaba para tocar, y muy pocas eran prácticas, la verdad. No era la vestimenta común de una adolescente que escapa de casa, para nada. Pero si iba a ser independiente lejos de casa, necesitaría hacer uso de sus habilidades musicales y de entretenimiento.
En las tres semanas que le siguieron a la muerte de su padre, las cosas ya se sentían diferentes en Demacia.
Sabía que la guerra que el rey iniciaría no sería contra los noxianos. Sería contra la gente como ella... y Sona tenía muy en claro que su madre no podría protegerla como lo había hecho su padre, como el mejor amigo del rey.
Así que decidió irse. Antes de que algo pudiera salir mal. Antes de que alguien pudiera detenerla.
O eso pensaba. Sona escuchó que se abrió la puerta principal: era su madre, que por fin llegaba a casa. No puede detenerme, pensó, mientras acariciaba su etwahl. Me aseguraré de que no pueda.
Lestara miró a Sona a través de su puerta, asintió con la cabeza y calmadamente hizo los gestos necesarios para dejarle en claro a su hija: ''Voy contigo''.
Sona salió corriendo atrás de su madre, que ya estaba yéndose a su propia habitación. ''¡Madre, ni siquiera sabes a dónde me voy!'', gesticuló desesperada en cuanto Lestara pudo verle las manos.
''No importa. Iré contigo. Empacaré mis cosas ahora y nos iremos en la semana''.
''Madre...''.
Lestara le ofreció a su hija una sonrisa acongojada. ''Sona, ¿alguna vez lograste disuadirme de hacer algo una vez que ya me he decidido?''.
Dicho esto, caminó de vuelta a su habitación.
Sona no había notado sus lágrimas hasta que miró por su ventana y sintió el viento frío de la noche en la cara.
No es justo, pensó. No quiero irme. Este es mi hogar.
¿Pero lo era? ¿Seguía siéndolo? Sin su padre, ¿podría volver a serlo algún día?
Sona fue hacia su etwahl y empezó a tocar, como solía hacer cuando no encontraba una respuesta.
La triste melodía se deslizó por la ventana y resonó en las calles de la Gran Ciudad, a través de la Ciudadela, y hasta llegó más allá de las murallas. Aquellos que la escucharon no supieron bien por qué comenzaron a llorar.
Pero Sona lo supo.
Lloraron por la muerte de un hombre sin igual.
También por el país que una vez mejoró con su presencia y que cambia para siempre con su ausencia.
Sona lo supo. Y entonces lloró, y tocó.