Baja para comenzar
La noche siempre ha sido el momento favorito de Diana, incluso cuando era pequeña. Ha sido así desde que fue lo suficientemente mayor para trepar por los muros del templo de los Solari y poder contemplar la luna en su travesía por la bóveda estelar. Levantó la vista y miró a través del follaje del denso bosque; sus ojos violetas buscaban la luna plateada, pero solo se vislumbraba su brillo difuso a través de las densas nubes y las oscuras ramas.
Los árboles, sombríos y cubiertos de musgo, se estrechaban. Sus ramajes parecían extremidades retorcidas que se alzaban en busca del cielo. Ya no podía distinguir el sendero. Hileras de matorrales y zarzas ocultaban el camino a seguir. El viento transportaba espinas que arañaban las placas curvas de su armadura. Diana cerró los ojos cuando un recuerdo afloró en su interior.
Un recuerdo, sí, pero no era suyo. Esto era algo más, algo extraído de las memorias quebradas de la esencia celestial que compartía su cuerpo. Cuando abrió los ojos, una imagen titilante de un bosque revestido de árboles espesos apareció ante ella. Vio los mismos árboles, pero de una época diferente, de cuando eran jóvenes y fructíferos. El sendero entre ellos estaba salpicado de luz y bordeado de flores silvestres.
Diana, que había crecido en el áspero entorno del monte Targon, nunca había visto un bosque como este. Sabía que lo que contemplaba era un remanente del pasado, pero el aroma de la madreselva y el jazmín era más real que cualquier cosa que hubiese experimentado con anterioridad.
—Gracias —susurró. Y siguió el contorno fantasmal del sendero ancestral.
Este condujo a Diana a través de árboles descuidados y marchitos que debieran haber muerto hace mucho. El sendero ascendía por laderas de zonas de montaña rocosas y atravesaba hileras de pinos arqueados y abetos silvestres. Cruzaba riachuelos que caían de las montañas y se abría camino por pendientes escarpadas antes de llegar a una meseta rocosa desde la que se contemplaba un lago descomunal de aguas frías y profundas.
En el centro de la meseta había un círculo de piedras muy altas, cada una esculpida con espirales y sigilos curvilíneos. Diana vio en cada piedra la misma runa que refulgía en su frente y supo que había llegado a su destino. Su piel se estremeció ante una expectación inquietante, una sensación que había llegado a asociar con magia peligrosa y salvaje. Recelosa, se acercó al círculo, con los ojos atentos a cualquier amenaza. Diana no vio nada, pero sabía que había algo allí, algo completamente hostil y a la vez familiar.
Diana se colocó en el centro del círculo y desenvainó la espada. Su espada de media luna brilló cual diamante en la pálida luz de la luna que traspasaba las nubes. Se arrodilló con la cabeza inclinada. La punta de la espada descansaba en el suelo y los gavilanes, a la altura de sus mejillas.
Los sintió antes de verlos.
Una caída repentina de la presión. Un descarga brutal en el aire.
Diana se impulsó con sus pies a la vez que los espacios entre las piedras se separaban. El aire se rasgó y un trío de bestias chillonas cargaron contra ella a una velocidad tremenda. Tenían la piel de color marfil, caparazones color hueso de armadura segmentada y garras de acero.
Espantos.
Diana esquivó el mordisco de una mandíbula repleta de dientes como de ébano pulido y blandió la espada en un arco por encima de su cabeza, que atravesó al primer monstruo desde el cráneo hasta sus pesados hombros. La criatura cayó y su carne se desintegró al instante. Rodó hacia sus pies mientras las otras criaturas la rodeaban como una manada de depredadores, ahora recelosos de su espada centelleante. La criatura a la que había matado parecía un charco de brea burbujeante.
Se lanzaron de nuevo hacia ella, una por cada lado. Su piel se estaba oscureciendo, volviéndose de un púrpura amoratado, y sus alaridos llenaban la atmósfera hostil de este mundo. Diana saltó hacia la bestia que se encontraba a la izquierda y giró la espada en un arco hacia las escamas de su cuello. Gritó una de las palabras sagradas de los Lunari y una luz incandescente surgió de la espada.
La bestia explotó desde el interior. Trozos de carne recién cortados se desintegraban ante el poder de la espada de la luna. Diana aterrizó e intentó esquivar el ataque de la última bestia. No fue lo bastante rápida. Unas garras como cuchillas perforaron el hierro de sus hombreras y la zarandearon. El busto de la bestia se separó y reveló una masa pegajosa de órganos sensoriales y dientes curvos. Le hincó los dientes en el hombro y Diana gritó cuando un frío entumecedor se extendió a partir de la herida. Giró la espada, sosteniendo la empuñadura como una daga y golpeó con fuerza el cuerpo de la bestia. Esta emitió un chillido y soltó a su presa. Un oscuro y humeante icor manó de su cuerpo desgarrado. Diana se alejó, intentando resistir el dolor que se extendía por su cuerpo. Apartó la espada hacia un lado mientras el cielo empezaba a clarear.
La bestia había probado su sangre y chillaba con un hambre voraz. Ahora su coraza era por completo de un negro brillante y un morado venenoso. Tenía los brazos afilados extendidos y convertidos en un abanico de ganchos y garras. Un flujo de carne artificial fluyó como si fuera cera para sellar la espantosa herida que había provocado su espada.
La esencia afloró en el interior de Diana. Llenó sus pensamientos con un odio imperecedero proveniente de una época lejana. Vislumbró antiguas batallas tan horribles que mundos enteros habían perecido en los horrores de la guerra; una guerra que casi había despedazado este mundo y los que llegasen a continuación.
La criatura atacó a Diana y su cuerpo se estremecía con el poder salvaje de otro plano de existencia.
Las nubes se disiparon y un reluciente rayo plateado descendió. La espada de Diana absorbía el esplendor de las lunas lejanas y la luz se reflejaba a lo largo de su filo. La hizo descender en un arco, y atravesó tejido y huesos con el poder de la iluminación de la noche.
La bestia se deshizo en una detonación explosiva de luz y su cuerpo quedó totalmente destrozado por su estallido. Su carne se fundió con la noche, dejando a Diana sola en la meseta. Respiraba agitada por el esfuerzo mientras el poder al que se había unido en la montaña se retiraba a lo más profundo de su ser.
Rechazó imágenes de una ciudad en la que resonaba la desolación donde otrora latía la vida. La tristeza la inundaba aunque nunca había conocido aquel lugar y, mientras lamentaba su pérdida, el recuerdo se desvaneció y volvió a ser Diana.
Las criaturas se habían ido y las piedras del círculo irradiaban centelleos plateados. Libres del contacto con ese horrible lugar al otro lado del velo, su poder de curación caló en la tierra. Diana sintió cómo se esparcía por el paisaje, transmitido a través de las rocas y las raíces hasta los mismos huesos del mundo.
—Este trabajo nocturno ha acabado —dijo—. El camino está sellado.
Se volvió hacia el reflejo de la luna que resplandecía en las aguas del lago. La estaba llamando, su irresistible atracción se clavaba en lo más hondo de su alma mientras la atraía más y más.
—Pero siempre hay otros trabajos nocturnos —dijo Diana.