Short Story
Un final para lo inacabado
De Matt Dunn

Un final para lo inacabado

De Matt Dunn

Baja para comenzar

Un final para lo inacabado
De Matt Dunn

Tarnold supo que la actuación estaba condenada al fracaso en cuanto vio que se le habían agotado todos los trucos de dramaturgo. Los nervios del directo se apoderaban de sus actores. Tal vez la culpa era del texto, o de las supersticiones acerca del trabajo que había dejado sin terminar la muerte de un escriba, pero cada mimo enmascarado había caído en alguna falta de profesionalidad u otra.

Artlo, que interpretaba el papel de un personaje conocido únicamente como El filósofo, no dejaba de morir. Cada vez que gesticulaba su último aliento en compañía de aquel dúo análogo de espíritus macabros conocidos como Cordera y Lobo, prolongaba en exceso sus traqueteos de moribundo hasta resultar absurdo. En esta ocasión, Nenni se había reído tan fuerte que la máscara de Cordera se le había caído de la cara. Aterrizó en el suelo haciendo un sonoro crujido.

Emile se quitó su máscara de Lobo. Sus bordes dentados y afilados le estaban dejando los carrillos hechos un desastre. Hizo una mueca de dolor, y Tarnold supo que iba a pedir el emplasto otra vez.

—¡Basta! —dijo Tarnold sin necesidad de gritar. La prestigiosa acústica de El ruedo de los mimos se encargaba de que hasta los de la parte más alejada, con su entrada de medio cobre, pudieran escuchar con claridad hasta el suspiro más sutil.

El antiguo teatro reposaba junto al fuerte del señor gobernador y ofrecía una buena vista del bosque oscuro. En noches de banquete como aquella, desde la mansión del gobernador del castillo bajaban nobles en estado de embriaguez para ver la técnica teatral de los mimos. Una multitud de nobles borrachos descontentos era peor que la humillación de una mala representación.

Los actores abandonaron sus poses y se giraron hacia su director dramaturgo.

Tarnold se frotó el puente de la nariz con los dedos y dirigió la mirada a los bastidores, donde un hombre bigotudo, vestido de negras galas, estaba apoyado sobre una de las rocas del decorado.

—Duarte —le dijo Tarnold al señor de elegante atavío—. Consígueme todo el tiempo que puedas.

Duarte asintió haciéndole saber que lo entendía.

—Contendré al público hasta que oiga tu señal.

—No nos molestes, ni aunque la mismísima señora Erhyn se libre de su dolencia y pida verlo por adelantado. Estamos al borde del precipicio, Duarte. ¡Caeremos juntos para alzarnos juntos!

—Nos alzaremos, Tarnold. Con el soplo de la vida. Duarte se besó la palma de la mano y la posó sobre la roca del decorado para que le diera buena suerte. Se esfumó del escenario y salió del teatro. El silencio fue penetrando mientras todo el mundo esperaba oír un gran pestillo que se cerraba.

Una vez encerrados entre las paredes de El ruedo de los mimos, con un sol que se inclinaba hacia el atardecer, Tarnold dejó fluir su enfado.

—Le pides agua a un chaval de la gran ciudad ¿y qué te da? Fuego, te da fuego. Solo tiene que haber una muerte, Artlo, solo una —se volvió hacia Nenni—. Deja de reírte de la incompetencia de Artlo, hija de Skaggorn. Abandona el humor pueblerino ese que tienes y ponte a irradiar la amenaza fría de la muerte —Por último, señaló a Emile—. Veo cómo te chorrea la sangre por la mejilla. Retócate los pómulos.

—Por favor, déjame echarle un poco de relleno a esta maldita máscara de lobo.

—¡Usa el dolor para proyectar a través de él! ¿Se quejaba la pobre Soates cuando escribía las Fábulas de Kindred en su lecho de muerte? Pues no. ¡Siéntete agradecido! Te roza la cara una de sus reliquias.

—A mí no me vale esta —dijo Nenni que había recogido su máscara de cordera del escenario—. Se me resbala todo el rato.

—¡Pues átatela con algo! —exclamó Tarnold quitándose el cinturón para tirárselo a Nenni a los pies.

Las infinitas horas de ensayos no habían logrado preparar a la compañía para la representación de la historia final sin terminar de Soates. Tarnold había aceptado que tenía parte de la culpa. Como director dramaturgo del mayor y único teatro de Alderburg, la horrible tarea de terminar su historia recayó sobre él.

Corderos en el vergel fue el último brote de locura de Soates. Su última chispa de vida está aquí, en nuestras manos..., y vosotros decidís profanar su recuerdo fastidiándola con vuestra vanidad y comodidad. Pasó sus últimos momentos insinuando verdades desde un inminente nunca más. Si la muerte no hubiera silenciado su mano cuando escribía justamente esta escena, ¡quizá habríamos tenido todos una comprensión mucho mayor de nuestra breve y trágica existencia!

Los actores permanecieron callados, incluso parecían haber escarmentado, hasta que Artlo se aclaró la garganta y comenzó a hablar.

—Con el debido respeto —se lanzó el desgarbado demaciano. Tarnold sabía que Artlo no lo decía en serio y puso los ojos en blanco para hacérselo ver—, a lo mejor un trabajo inacabado no está destinado a que lo termine otra persona.

Tarnold lo percibió como un ataque a su integridad. Era una discusión que habían tenido mil veces.

—¿Sugieres que esta obra es un sacrilegio?

—Parece que somos incapaces de recrear las emociones de una maestra que escribe en contra del tiempo.

—¿Has perdido la cabeza? ¡No nos queda tiempo!

Tarnold apuntó hacia los rayos de sol cada vez más escasos que atravesaban las paredes de madera del teatro. Una sensación fría lo recorrió.

—A lo mejor es preferible interpretar los trozos que nos sabemos y dejar lo inacabado sin representar. ¿No sería esa una mejor forma de honrar a Soates? Reconócelo, Tarnold, ¡esto —dijo Artlo señalando a su alrededor— no funciona!

Artlo tenía razón. No habían logrado trasmitir la chispa que se podía hallar en las otras fábulas de la prolífica poetisa. Su mecenas, un renqueante entusiasta de Soates, esperaba lo imposible: un final para una obra inacabada. Desesperado, Tarnold había autorizado a Duarte a viajar a la gran ciudad del rey Jarvan II situada al oeste para que se hiciera con las máscaras originales de la poetisa. Eran antiguas y, por tanto, caras.

Tarnold hundió la cabeza; a continuación, los hombros y, de repente, se encontraba sobre su espalda, esforzándose por respirar. El corazón le echaba una carrera a la acelerada hora.

—Tenemos que cancelar la actuación —se frotó la frente tratando de hallar alguna pizca restante de suerte, pero solo encontró sudor—. Peor aún, nos va a tocar devolver el dinero de las entradas—. Dejó escapar un grito ahogado—. ¡Y ya nos hemos gastado el oro!

—Puede que no sea un buen momento para decir que la máscara de la cordera está rota.

El rostro de Tarnold perdió todo el color.

—¿Qué?

—Se ha roto cuando se me ha caído de la cara. ¡Ha sido un accidente! —Nenni sostenía las piezas de la máscara en la mano. Tenía partida una de las orejas de madera—. Creo que puedo volver a ponerla en su sitio con la correa.

—Maravilloso cuanto menos —Tarnold estuvo a punto de echarse a reír—. Y en eso es en lo que nos hemos gastado el oro. Son las máscaras originales de Soates. ¡Nos las han prestado!

—Ha dicho que ha sido un accidente —dijo Emile.

—Dejadme pensar —Tarnold se puso en pie para contemplar el teatro. El histórico anfiteatro existía desde hacía siglos. Las rocas del decorado constituían los cimientos de El ruedo de los mimos. El círculo de baldosas enormes se encontraba en la ubicación del teatro mucho antes que ningún asentamiento de Nockmirch. Con los años, se habían erguido unas plataformas de madera que proporcionaban mejores vistas del arte dramático y los rituales que se representaban en el interior del escenario circular. Artistas y cantantes dejaban sus sellos marcados en los pilares, para dejar sus huellas en terreno sagrado.

El teatro había sido el hogar de Tarnold en muchas ocasiones difíciles. Pero, ahora que estaba bajo su tutela, era la fuente de todas sus aflicciones.

—Una máscara rota cuenta dos historias —dijo una voz desde el balcón central, que estaba reservado para los nobles más ricos. Tarnold nunca había osado apoyar la cabeza en aquellos espléndidos cojines, ni siquiera en los momentos de mayor soledad—. Tres si tenemos en cuenta la historia del creador de las máscaras... La pena es que a nadie le interesa escuchar esa historia.

—¡Dijimos que nada de visitas en los ensayos! —exclamó Tarnold dirigiéndose a sus actores.

—Lleva aquí toda la noche —aseguró Nenni—. Pensábamos que había venido contigo.

¿De verdad? Bueno, era posible. Tarnold llevaba semanas combatiendo el insomnio. Su atención se posó entonces en la mujer que estaba en las butacas doradas, que eran las que estaban reservadas para la señora Erhyn. Hacía dos veranos, el pequeño heredero del rey Jarvan II se había sentado sobre aquellos cojines de terciopelo para disfrutar de la interpretación que había hecho Tarnold de El rey de todos los peces. El muchacho se había hartado de aplaudir cuando se cerró el telón final.

—¿Quién eres tú? —dijo Tarnold—. Sal a la luz.

La mujer avanzó hacia delante, pero la iluminación apenas alumbró su misterio. Sus ojos eran como estrellas lejanas que brillaban a través de la bruma. Llevaba puesta una máscara de medio rostro fantasmagórica con un curioso giro de una ramita que brotaba de la parte superior. Encima del tallo, había una hoja negra. Su andar elegante rezumaba nobleza, y Tarnold por fin reconoció el blasón de su vestido.

Era su mecenas, recuperada de su dolencia.

—Señora Erhyn, ¡no la había reconocido! Le ruego que me disculpe —Tarnold le brindó una decorosa reverencia—. Dígame, ¿qué máscara es esa que adorna su rostro? Me resulta familiar, pero no logro recordarla.

—Está hecha de lazosauco —pronunció en un tono calmado y con una perfecta vocalización de las palabras a pesar de haberlas susurrado—. Cuentan las leyendas que cualquier madera que extraigas de un lazosauco seguirá brotando y floreciendo en temporada cuando lo haga su árbol madre, siempre que este siga vivo. No hay distancia capaz de romper ese vínculo.

—Qué exquisito, mi señora.

—Dado que ya os he interrumpido —dijo la señora Erhyn con un gesto hacia los actores—, quizá pueda sugerir un cambio.

—¡Pero por supuesto! —las manos de Tarnold se mostraban inquietas. Miró a los bastidores y al escenario. Los mimos tenían el pico cerrado, para variar—. La opinión de nuestra mecenas favorita siempre es bienvenida.

—En la época de Soates, todos los actores llevaban máscara... Quizá deberían llevarla todos para encauzar los extraños espíritus que veía en el umbral de la muerte, como los garabatos que escribió frenéticamente adentrándose en el abrazo de la noche.

—¡Me gusta! —exclamó Artlo—. ¿Dónde está la caja con las máscaras? Había más en ese baúl —dijo en voz alta mientras desaparecía por detrás del escenario.

—Oye, espera, hablemos de...

Tarnold se quedó en silencio al ver a la delgada señora con la máscara de lazosauco juntando las manos. Había algo raro en su benefactora.

Antes de que Tarnold pudiera dar en el clavo, Artlo volvió a subir al escenario, arrastrando un baúl que era tan largo como él de alto. Tenía el nombre Q. W. Soates grabado en la parte larga. De repente, a Tarnold le impactó lo mucho que se parecía aquel viejo baúl a un ataúd.

Artlo abrió la pesada tapadera del baúl.

—Huele a poeta muerto —señaló.

"Qué mal gusto tiene este hombre", pensó Tarnold.

Un fuerte crujido de goznes oxidados resonó en el anfiteatro como si del aullido de un perro famélico se tratase. Los otros dos actores enfilaron las cabezas para poder ver el interior.

—Antes de que escojáis —dijo la mujer de la máscara de lazosauco—, prestad suma atención a estas palabras: A altas horas de esta noche inefable, el espectáculo aguarda su interpretación, y será una velada memorable, si todos escogen la máscara con adecuación, para que los espíritus en los que nos convertimos...

—... nos habiten —completó Emile.

—El dogma de los mimos —intervino Nenni.

—Cualquiera que sea este aroma de locura —añadió Artlo con una sonrisa que se le ensanchaba en la cara—, de él quiero impregnarme con bravura. Venga, Tarnold. Incluso tú tienes que estar de acuerdo con que, en esta fase tan tardía, debemos interpretar con el soplo de la vida.

—Audaz —dijo la señora.

Tarnold percibió un atisbo de sonrisa extraña en su rostro. No lograba recordarlo... ¿No estaba vacío el balcón de la nobleza cuando se había ido Duarte? El teatro estaba completamente vacío... Ahora también veía distinta a la señora Erhyn. Parecía demacrada y atormentada. Tal vez la noble señora Erhyn no se había recuperado del todo de su malestar. El frío de la noche estaba asentándose.

—Mi señora, me complace verla recuperada. ¿Quiere que vaya a buscarle un abrigo?

—Esta. Esta es la máscara idónea para honrar a una poetisa olvidada —expuso Artlo.

La señora Erhyn esquivó la oferta de Tarnold volviéndose hacia Artlo.

—Una nefasta elección. El Buitre se queda con los restos y, cuando no queda nada..., se va volando hasta perchas muy alejadas de aquí y espera su siguiente comida.

—Picotear el legado de Soates suena a festín —Artlo se dio la vuelta y exhibió su disfraz: una máscara de color hueso con un alargado pico curvo. El hombre desgarbado parecía un pájaro carroñero.

La señora demacrada se acercó al escenario. Tenía un aspecto anciano, pero sus movimientos eran robustos y garbosos. Su piel no parecía de carne. A Tarnold le recordó al yeso, después de colocarlo y alisarlo. Tenía el cabello como la noche, proyectado hacia fuera en un abrazo oscilante. Sintió como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones a punta de cuchillo. ¿Cómo podía haberlas confundido?

—Tú no eres la señora Erhyn.

Los actores se mostraron impasibles ante la epifanía de Tarnold. Un paralizador desvanecimiento le sobrevino en el corazón. Sentía con fuerza el palpitar en los oídos, que casi acallaba las palabras de los actores.

—Cámbiame la máscara —propuso Nenni a Emile—. Tu delicada piel no puede ponerse una máscara tan chula. Yo tengo la piel más estropeada, creo.

—Si te apetece llevar esa atrocidad... —Emile le tendió la máscara del lobo a su compañera de escenario—. Que en paz descansen tus bonitos pómulos.

Los dos desaparecieron bajo sus máscaras intercambiadas.

Las paredes susurraron cuando una ráfaga de viento recorrió El ruedo de los mimos. Los postigos se cerraron de golpe. Tarnold escuchó voces en aquella rápida brisa arremolinada.

—Latidos, Cordera. Aquí —gruñó una voz grave.

Tarnold buscó de dónde provenía, pero solo vio a sus mimos. Parecían haberse olvidado completamente de él. Entonces, en su oído izquierdo, cantó otra voz.

—Partículas de luz

bailan en la oscuridad

e interpretan, interpretan e interpretan...

Las palabras volaron a través de Tarnold con una sacudida. Sobre el escenario, vio a Nenni y Emile, cogidos de la mano, cada uno con la máscara del otro. Y, entonces, vio como las palabras sobrenaturales salían de las bocas de los actores.

—dijo Emile modulando la voz hasta alcanzar un melodioso y poseído falsete—, ahora ya veo a mi más querido Lobo.

—Aaah —Nenni emitió un gruñido de liberación gutural y profundo—. Eso está mucho mejor, Corderita —La actriz se dejó caer a cuatro patas y se estiró llegando más abajo de lo que sería capaz un humano—. ¿Ahora toca jugar al pillapilla?

Cuando se levanta el velo,

saca garras y dientes.

Mi flecha alza el vuelo, y pasamos al acto siguiente.

Tarnold atravesó la circunferencia sin quitarle el ojo a la dama demacrada.

—¿Qué artimaña es esta? ¡Por favor, déjanos tranquilos!

La mujer se volvió hacia Tarnold.

—No soy vuestra mecenas —dijo.

Tarnold dirigió la mirada a sus actores enmascarados.

—Venga, vosotros, despejad el escenario. Marchaos a casa. La actuación ha terminado —dijo alzando la voz, gritando en dirección a la entrada enrejada—. ¡Duarte!

—Tarnold... —la mujer que no era la señora Erhyn se giró y lo contempló con la magnitud de sus inmensos y centelleantes ojos. Aunque se ocultaban tras la máscara de lazosauco, resplandecían con una luz surgida de la oscuridad. Su siniestro resplandor extrajo la atención del cuerpo de Tarnold. Fuera quien fuera, la conocía y a la vez no; la temía y la buscaba. Huir de ella parecía una estupidez, pero razonable a la vez. Sin decidirlo, empezó a caminar hacia el escenario.

—Quitaos las máscaras —dijo—. Ya. Esto es una locura... ¡Esta obra está maldita! ¿Es que no lo veis? ¿Y si, fruto de la magia, resulta que Soates no murió escribiendo la obra, sino que el propio acto de escribir Corderos en el vergel fue lo que la mató? ¡La propia narrativa es una maldición!

La respuesta no vino de la dama demacrada, ni del lobo de Nenni, ni de la cordera de Emile. Artlo, o lo que fuera que hablara a través de él, contestó con una voz chirriante. Extendió los brazos hacia arriba y se puso sobre una pierna, como si fuera un pájaro carroñero.

—La autora espera mi pico —dijo. Los rabillos de sus labios se rompieron y se abrieron—. Sin duda, Soates está muerta... pues nadie la recuerda ya como ella era —Lágrimas comenzaron a discurrir por las mejillas estiradas de Artlo. Aquella voz aquietó el corazón de Tarnold y lo frenó de seco en su caminar—. Soates vuela a mi paso, que pronto se habrá perdido y olvidado. Palabras sobre una hoja. Un nombre en el viento. Jirones... Nada más.

—Jirones de Soates siguen siendo Soates —dijo la señora demacrada.

—Él ha detenido la actuación... —A lo que hablaba a través del pobre Artlo no le importaba la cantidad de daño que le causaba al cuerpo del actor. El brazo del hombre se torció hacia delante violentamente estirándose, y la huesuda mano apuntó con un dedo acusador a Tarnold—. Y no lleva puesta ninguna máscara...

—Estás muy cerca de Soates —le dijo la mujer al dramaturgo—. Elige una máscara y contempla cómo cobra vida su escena final.

Se le pasó por la mente irse corriendo de El ruedo de los mimos. Se imaginó escalando a toda velocidad el fuerte del señor gobernador de la colina, o llegando a la ciudad. ¿Qué encontraría en la casa de la señora Erhyn? Miró a la mujer demacrada. El sol estaba a punto de ponerse. La cacofonía de insectos del ocaso y de las aves nocturnas mandaban entre trinos sus saludos a la noche entrante. Cuántas noches había soñado con los últimos momentos de Soates, con la escena final...

—Todo el mundo debe llevar máscara —exigió la mujer.

Boquiabierto, Tarnold asintió mostrando estar de acuerdo con la mujer de la máscara de lazosauco con la hoja oscura danzando al ritmo de una brisa imperceptible.

—Si tengo que elegir una máscara, entonces debo admitir que sé que la que quiero no está en ese baúl, ni tampoco en el escenario. Sintió como sus extremidades recuperaban la vida. Tenía los huesos entumecidos y rígidos..., pero era una condición temporal.

La mujer demacrada sonrió.

—¿Quieres llevar mi máscara? Esa es una elección más que magnífica, querido Tarnold, hombre de gran creatividad y curiosidad. Ven y quítamela del rostro.

—Te cogeré la máscara y me convertiré en ti. Que los espíritus en los que nos convertimos...

—... nos habiten completa y profundamente —completó la dama.

Cuando Tarnold procedió a ello y se colocó la máscara de lazosauco viviente sobre el rostro, vio, por fin, el auténtico final de la obra de Soates. Era magistral y espantoso, otorgaba vida y cortaba la respiración.

—A vuestras posiciones, amigos y compañeros —dijo—. Nuestra historia no espera a nadie. Vamos a caer juntos para alzarnos como una unidad y cantar nuestras armonías con el soplo de la vida.

Un último soplo —contestaron Cordera, Lobo y Buitre.

Y, juntos, interpretaron.

***

Duarte le había ocultado a Tarnold las noticias concernientes a la señora Erhyn durante todo el día, a pesar de que la verdad sobre su fallecimiento amenazaba con salir disparada de sus labios. Su enfermedad se la había llevado en buena compañía antes del alba, o eso decía la nueva señora de la casa Erhyn. Las noticias podían bajarle la moral al grupo entero. Sabía que para Tarnold sería especialmente duro.

No obstante, así como el dolor cargaba el pecho de Duarte, había una claridad, un giro de buena fortuna más allá de la tragedia. La señora Erhyn, en su lecho de muerte, ordenó como testamento conservar El ruedo de los mimos, y a Tarnold en concreto, a perpetuidad.

Sin embargo, como se fue alargando la hora, los nobles borrachos se hartaron de la espera. Cuando la nobleza se sentía ofendida y se ponía agresiva, la cosa podía acabar en latigazos y burlas, o peor: sanciones para impedir futuros proyectos.

En el momento en que Duarte se iba a dirigir a los amontonados espectadores, embadurnado de cenizas y carbón por el duelo de la señora Erhyn, escuchó la señal de Tarnold para que abriera las puertas.

Se apresuró a la entrada y retiró el pesado cerrojo. El público entró rápidamente y se detuvo en seco al encontrarse a los actores en poses sobre un escenario cubierto de rosas marchitas de tallos negros. La macabra imagen silenciaba sus animadas expectativas. Se sentaron en sus butacas rápidamente y en silencio. La butaca de honor de la señora Erhyn era el único punto vacío del pabellón.

Los actores mantenían sus arduas posturas mientras el público noble esperaba con ansia que diera inicio la obra maestra antaño olvidada e inacabada de Soates.

Duarte no vio ni rastro de Tarnold. Era inusual que el dramaturgo abandonara al elenco en la noche de estreno; la costumbre era que saludara al público antes de disponerse a ver la obra desde los bastidores con una botella de vino.

Duarte se volvió para escudriñar el posicionamiento inicial. Nenni y Emile estaban fundidos en un mortal abrazo. Nenni, que llevaba la máscara del lobo, sostenía una flecha que parecía estar introducida directamente en el costado de Emile. Las manos de Emile rodeaban el cuello de Nenni.

Inexplicablemente, Artlo, que se suponía que iba a interpretar a un filósofo, llevaba puesta una máscara que recordaba a un cuervo de la muerte. Estaba posado en lo alto de un árbol de utilería, suspendido sobre la otra pareja, con los brazos extendidos en forma de grandes alas. De estos colgaban flores muertas que hacían las veces de plumas.

Ni siquiera estaban respirando...

Los espectadores permanecieron en silencio, esperando la acción con ilusión, pero Duarte se percató de que faltaba algo. Entre bastidores, Duarte revisó el lugar favorito del dramaturgo. No había botella de vino, y tampoco estaba Tarnold.

En su lugar, yacía allí la última copia de Corderos en el vergel.

Abrió el libro por la última página. La historia seguía sin terminar, pero había una línea añadida al final escrita por la mano firme de Tarnold.

"El final no es para los que no llevan máscaras. Me lo ha enseñado ella, y ha sido precioso".