Baja para comenzar
Lucian descansaba en lo alto de una colina, sentado a la sombra de un gran árbol y con la mirada perdida en el valle que se extendía bajo él. Sus manos descansaban sobre sus pistolas de luz, y las yemas de sus dedos recorrían con suavidad las filigranas de bronce que las adornaban. La Niebla Negra se extendía por las verdes praderas que lo rodeaban, consumiéndolo todo a su paso. Harrowing había llegado a la isla apenas unas horas antes.
La luz de cientos de antorchas se percibía entre la oscuridad. Toda la zona estaba envuelta en jirones de niebla. Una a una, las llamas se iban extinguiendo, pero Lucian estaba demasiado lejos como para percibir los gritos de los que morían.
Solo una luz permanecía brillando con fuerza. Desprendía un fulgor verde que lucía sin esfuerzo alguno entre la Niebla Negra, como si no le afectara en absoluto. Las llamas corruptas de espíritus viles. Al verlas, a Lucian se le aceleró el corazón y sintió cómo le invadía una oleada de calor.
Echó a correr colina abajo, luchando por mantenerse en pie sobre la resbaladiza gravilla hasta que alcanzó la cuenca. Entre los altos pastos descansaba un cadáver. Tenía los brazos envueltos con fuerza a la altura de los hombros y los ojos como platos; dos esferas de azabache que se perdían en el cielo de esa noche sin luna. Lucian pasó de largo junto al cuerpo y continuó su avance.
Era el quinto cadáver con el que se cruzaba y le hacía detenerse brevemente. El rostro del hombre expresaba una mueca de dolor. Sus ropajes estaban destrozados. La carne, desgarrada. Las heridas de guadaña resultaban inconfundibles ante una mirada tan diestra como la de Lucian.
Cambió de dirección y se centró en seguir el rastro de cadáveres que conducía a la base de una escarpada ladera. Ascendió hacia arriba mientras se abría paso entre un océano de matorrales. Los alaridos llegaron a sus oídos antes de que alcanzara la cima de la colina.
El claro estaba inundado por la Niebla Negra, que se retorcía y se agitaba, dejando atisbar las deformes siluetas que moraban en su interior. Un gran grupo de isleños presos del pánico corría a toda velocidad hacia un acantilado, hacia la promesa de salvación que constituía el océano. La niebla se los tragó a todos. Un desfile de sombras frenéticas descendió sobre los pobres incautos y los gritos de los moribundos se fundieron con el coro infame que latía en el interior de la espesura.
Lucian apuntó con sus pistolas hacia la creciente masa. La niebla escupió una horda de espectros aullantes que cargaron hacia él, armados con cuchillas fantasmales y fauces repletas de afilados dientes.
Lucian disparó una ráfaga de luz purificadora y los espíritus malditos estallaron en llamas. El disparo le hizo retroceder y sintió con el talón el borde del desfiladero. Se atrevió a dar un vistazo a sus espaldas. Una marea tormentosa azotaba sin clemencia la costa rocosa en la oscuridad de la noche.
Una carcajada atravesó el mar de aullidos de las almas perdidas. Lucian se dio la vuelta y apuntó con sus pistolas a la niebla que se aproximaba. En el interior del furioso oleaje brillaba una luz intensa.
Lucian enfundó una de sus armas y buscó algo en el interior de su abrigo. Dio con la granada de cerámica y la extrajo con cuidado. La superficie del artilugio, del tamaño de un puño, lucía una marca. Era hora de descubrir si el herrero de Aguas Estancadas estaba en lo cierto.
Lanzó la granada de forma que trazara un amplio arco y, cuando el artilugio alcanzó el punto más alto de su trayectoria, disparó. La granada explotó y emergió una nube de polvo plateado. Los nubarrones de polvo permanecieron suspendidos en el aire. Repelían a la Niebla Negra e iban abriendo poco a poco una pequeña grieta en calma entre la oscuridad.
Dentro del claro, Thresh se alzaba imponente sobre una mujer joven. Ella gritaba angustiada mientras varios ganchos atados a cadenas se hundían en su carne y le iban arrancando el alma. El Carcelero Implacable levantó su linterna ancestral, que comenzaba a refulgir. El cuerpo sin vida de la mujer se desplomó sobre el suelo y la reliquia absorbió a su nueva prisionera.
El espectro se giró hacia Lucian con una sonrisa.
—Te echamos en falta en Helia, cazador de sombras. Nos daba miedo que te hubieras cansado de perder constantemente.
Thresh golpeó la linterna con suavidad. La luz en su interior se intensificó, como si respondiera a su llamada.
—Su alma se ilumina con tu llegada —dijo Thresh—. Con la promesa que traes contigo. Un breve respiro entre tanta miseria.
La mirada de Lucian se detuvo sobre la linterna. El polvo plateado resbalaba sobre la pequeña cúpula de luz que emanaba de la prisión de hierro. Agarró sus pistolas atento, con impaciencia.
—Ah, pero todos los errores tienen un precio —continuó Thresh entre risas—. Endulzan la agonía que siente... Esperanzas aplastadas como un crío contra las rocas de un acantilado.
Lucian recordó repentinamente su último encuentro con el carcelero, pero hizo lo posible por apartar el recuerdo.
—¿Sabes cuál es su mayor miedo? —preguntó—. Pasarse la eternidad sufriendo contigo a su lado.
El resplandor de la linterna, ahora de un verde enfermizo, se debilitó de manera perceptible. Lucian la sintió, sintió el cálido e intangible abrazo que tan a menudo recordaba.
Lucian...
Sintió el cariño en su corazón al escuchar su voz. Thresh tenía razón. Siempre que estaba cerca, Senna podía sentirle. Su alcance aumentaba cada vez que se encontraban, como si tratara de desafiar al Carcelero Implacable y su eterno tormento. Habían percibido que el otro estaba ahí en el mismo instante en el que Lucian había puesto un pie en la isla.
La linterna se sacudió pese al firme agarre de Thresh. En el interior de la reliquia se retorcían brillantes espirales de luz, que se hinchaban y empujaban contra los límites de su prisión. Thresh observaba la agitación con un gesto de desdén. Lucian apuntó con sus pistolas a la tempestad que se formaba en el interior de la linterna. El fulgor protector que había surgido antes comenzó a desvanecerse.
—Vamos, amor mío...
Lucian disparó.
Los proyectiles de luz certera fundieron las luminosas defensas e impactaron contra el hierro de la reliquia. La linterna se agitó violentamente. Era la primera vez que el fuego purificador impactaba contra la prisión ancestral.
Thresh dejó escapar un rugido iracundo y arrastró la linterna hacia una lado.
De ella emergieron perniciosos tentáculos de Niebla Negra que oscurecieron las espirales de luz. Las sombras ondeantes ahogaron todo rastro de su amada, así como de los cientos de miles de almas que, junto a ella, anhelaban la libertad. Senna se vio arrancada de los brazos de Lucian y dejó escapar un alarido al ver la oscuridad que se extendía por la linterna.
—¡No! —gritó Lucian al mismo tiempo—. ¡Déjala salir!
Thresh se rio; un carcajada cruel y provocadora que se fundió con los gritos agónicos de Senna.
Las pistolas de Lucian se giraron hacia Thresh. Concentró toda su rabia en las armas reliquia y liberó un violento torrente de llamas.
Los disparos engulleron al Carcelero Implacable y prendieron fuego a su figura espectral. Lucian se deslizó hacia delante y lanzó una segunda ráfaga de balas luminosas, pero los disparos se vieron absorbidos por un manto de oscuridad que había comenzado a emerger de la linterna.
La oscura energía extinguió las llamas que consumían a Thresh. Con una sonrisa, alzó la linterna como si se tratase de un premio.
Lucian sintió la presión de un peso sofocante sobre su pecho. Había malgastado los disparos contra las defensas de la linterna. A su alrededor, partículas plateadas descendían lentamente. Los tentáculos de Niebla Negra se adentraron poco a poco en el claro creado por la explosión de la granada, y la apertura comenzó a cerrarse. Había perdido su oportunidad, y su amada seguía atrapada en esa linterna.
Levantó las pistolas con resignación y cargó sin pensarlo dos veces.
Un borrón en movimiento saltó hacia delante y se estampó contra Lucian. El gancho con cadena lo golpeó y lo lanzó por los aires hasta la otra punta del claro. Impactó contra en suelo con fuerza y dio varias vueltas sobre la dura gravilla hasta precipitarse por el borde del acantilado y toparse con el océano.
Lo primero es la risa... Después, cadenas arrastrándose por la piedra que resuenan en la densa neblina... Siempre se gira demasiado despacio... La pistola que traza un amplio arco para reunirse con el resplandor y la luz que nunca emerge... Nada a qué disparar... Ella está ahí, de pie, entre él y el gancho...
La confusión le nubla la vista como chorros de tinta oscura... Ahora ella grita, se retuerce, cae al suelo... La vida la abandona... Un grito penetrante le implora que salga corriendo.
Lucian se levantó con brusquedad y se agarró el costado. Un fuerte dolor le atravesó las costillas. Descendió poco a poco del abrazo del letargo y se esforzó por respirar profundamente. Levantó la mirada hacia las vigas de madera y el techo enyesado y se preguntó dónde estaba.
Entonces, en su mente retumbaron los alaridos agónicos de Senna. Había vuelto a fallar. Y ahora tendría que volver a empezar.
Tiró suavemente de las tensas vendas que le envolvían las costillas y atisbó bajo ellas oscuros moratones. La zona le dolía al tocarla.
Su pecho estaba cubierto con unas hojas a las que ya apenas les quedaba bálsamo. Retiró los húmedos restos verdosos y descubrió unos golpes ennegrecidos, fruto del impacto de la cadena.
Se giró hacia un lado, apoyándose sobre el codo para mantener el equilibrio, y se incorporó. La luz del sol se filtraba entre las grietas de la persiana e iluminaba un gran cofre de madera que descansaba en un rincón oscuro de la habitación. Encima se alzaba un altar con una tortuga de alabastro tallada, adornado con flores del día anterior. Junto a él, su abrigo de cuero y su jubón yacían doblados sobre una mesita. Encima de la ropa descansaban las pistolas.
Lucian extendió una mano temblorosa para alcanzarlas. Primero inspeccionó la de ella, analizando la piedra tallada y el bronce fundido tal y como ella le había enseñado años atrás. Sus dedos notaron una profunda grieta en la piedra. Un regalo de su visita a las tierras jonias. Sonrió y se concentró en su propia pistola. La estructura metálica del arma cedió levemente al tacto. Esos desperfectos eran recientes; tendría que repararlos cuanto antes.
Se puso en pie dejando escapar un gruñido y enfundó las armas. Después palpó los agarres de las pistolas para comprobar su altura y su inclinación. Estaban ligeramente torcidos. Los reajustó y probó de nuevo. Satisfecho, tomó su jubón y se lo deslizó sobre los hombros, y después hizo lo propio con el abrigo.
Avanzó hacia la ventana y abrió el postigo de madera. La luz del sol se filtró desde el exterior, acompañada con los sonidos ahogados de un suave llanto. El estrecho ángulo apenas le permitía atisbar un sinuoso arrollo entre densa vegetación. Era por la mañana, y Harrowing había pasado.
Thresh estaría muy lejos de ese lugar.
Lucian tendría que hacerse a la mar con su goleta y reanudar la caza. Pasó la mirada por la habitación una última vez y se dirigió a la puerta.
Fuera de la casa, una docena de cadáveres descansaban tendidos en el suelo.
Entre ellos, una mujer joven limpiaba cabizbaja el cuerpo de un hombre mayor con un paño húmedo. Levantó la vista hacia Lucian. Sus ojos almendrados estaban hinchados, pero su mirada era gentil.
—No deberías haberte levantado —dijo.
—Estoy bien. ¿Has sido tú la que me ha limpiado las heridas?
Ella asintió.
—Me llamo Mira —dijo—. Te encontramos junto a la cala.
—¿Hace cuánto?
—Justo al amanecer, estábamos buscando a mi padre.
Lucian contempló al hombre mayor que estaba tendido a sus pies.
Ella sacudió la cabeza con la mirada teñida de frustración.
—No es él —dijo—. Debería seguir buscando por las afueras, pero aquí hace falta gente.
Cogió un trapo limpio.
—Si te encuentras mejor, no nos vendría mal tu ayuda.
La mirada de Lucian se detuvo en los cadáveres. Descansaban sobre pilas de helechos recién cortados, algunos de ellos con los ojos aún abiertos... eran cuencas de azabache con la mirada puesta en el horizonte.
Se giró.
—Eso es cosa de la familia.
Parecía que Mira tenía algo que añadir, pero un fuerte escándalo estalló de repente en la otra parte del pueblo. Una multitud se agolpaba en torno a un carro cargado por un buey y repleto de cadáveres. Mira contempló a los recién llegados y se apresuró hacia el carro.
Lucian la siguió a una distancia prudencial mientras más y más aldeanos iban emergiendo de todos los rincones del pueblo. Seguían el camino empedrado a su propio ritmo, algunos con más entusiasmo que otros.
La multitud de supervivientes se reunió alrededor de un hombre joven. Blandía un cayado pesado y hablaba con gestos enérgicos.
—¡No pueden hacernos esto! ¡No hay derecho! —gritó, golpeando el suelo firmemente con su báculo.
—¿Qué pasa? —preguntó Mira.
—¡Los naktu están quemando los cadáveres!
La multitud se agitó con rabia y muchos se unieron a las protestas del joven. Otros se dejaron llevar por la angustia.
—¿Quiénes son? —preguntó Lucian.
—Devotos del fuego —respondió Mira—. Habitan la frontera oeste de la isla.
—¡Quemarán su espíritu! —aulló un anciano—. No quedará nada para los ancestros.
Lucian atisbó el miedo en los ojos de Mira.
Recorría el carro rebuscando frenéticamente entre la pila de cadáveres. Entre los fallecidos había alguna mujer adulta, pero la mayoría eran hombres jóvenes y niños. Ninguno de ellos era su padre. Dio un paso atrás con el rostro pálido como la ceniza.
El anciano bajó la cabeza y dejó escapar un sollozo amargo. Mira se acercó para abrazarlo. Le susurró algo al oído y el hombre pareció calmarse con sus palabras.
Ella se giró hacia el resto de los habitantes del pueblo.
—Tenemos que encontrar a los nuestros —afirmó—. ¿Dónde nos queda por buscar?
Lucian observó a la multitud reflexionar. Hubo varias sugerencias que pronto se vieron contradichas. Había demasiados desaparecidos y muy pocos supervivientes. Mira se había quedado sin habla, con el rostro teñido por la desesperación.
Lucian dio un paso hacia delante.
—Sé dónde podríais encontrar más.
A la luz del día, la cima de la colina descansaba en silencio. La furia de la tormenta se había extinguido. Solo quedaban los muertos, esparcidos entre el campo de sauces y maleza.
Mira y su gente se habían repartido por toda la pradera y caminaban entre los caídos. Pronto comenzaron a distribuirse junto a familiares y seres queridos. El hombre joven que cargaba con el bastón se arrodilló junto a una mujer que estaba tendida con el rostro hundido en la gravilla, y su ira se convirtió en pesar.
Lucian se giró hacia Mira. La muchacha se arrodilló junto al cadáver de una mujer mayor y le susurró algo al oído. Una oración, quizás. Lucian no estaba seguro.
Mira levantó la vista hacia él.
—No está aquí —dijo.
Lucian contempló el campo de cadáveres. Sintió una presión en el pecho. Ella los habría salvado. O, al menos, lo habría intentado. Su bondad era un torrente inquebrantable que le impedía abandonar a cualquiera que la necesitara.
Mira se alzó.
—Tengo que llevarla a casa —dijo.
Lucian se agachó y recogió con cuidado a la anciana. Sintió su fragilidad, su delicadeza al levantarla. La llevó hasta el carro y la colocó suavemente en la cama de helecho que cubría las tablas de madera. Se detuvo un instante, y después se dio la vuelta para ayudar a los demás.
Trabajaron hasta pasado el mediodía. Recogieron tantos cadáveres que apenas cabían en el carro. Lucian y Mira terminaron de cargar los cuerpos restantes mientras un grupo de aldeanos los ceñía con cuerdas.
Lucian dio un paso atrás y se llevó una mano al costado; el dolor le recorría la espalda. Se había esforzado demasiado, aunque no era suficiente. Exhausto, se sentó cerca del borde del despeñadero y contempló el océano. Estaba empapado en sudor.
—¿Te duelen las costillas?
—Estoy bien.
Mira se sentó junto a él y le tendió una jarra de agua.
—No queda mucho —dijo él al sentir el peso del recipiente.
—Tú la necesitas más que yo.
Lucian apoyó la cantimplora y se puso en pie para quitarse el pesado abrigo. Disfrutó la caricia de la fresca brisa marina en la piel. Se sentó de nuevo y, tras un lento trago, cerró la cantimplora vacía.
Mira tenía la vista perdida en el océano y permaneció un tiempo en silencio. En la distancia, un grupo de tortugas marinas emergió a la superficie para tomar aire y volvió a hundirse en las profundidades.
—¿Estabas allí? —preguntó ella.
—Cuando los encontré, ya había terminado.
Mira bajó la vista y se detuvo en las pistolas de Lucian.
—Pero ya lo habías visto antes, ¿verdad?
Lucian asintió.
—¿Cómo...?
—Nada de lo que te pueda contar serviría para ayudar a tu padre.
Mira asintió y agachó la cabeza.
Lucian contempló las olas que rompían contra las rocas bajo sus pies y el agua espumosa, que avanzaba con cada golpe de la marea. Pronto subiría del todo y él podría partir. Le tendió la cantimplora a Mira y se puso en pie de nuevo para volver a cubrirse con el abrigo.
—¿Conoces el camino más rápido hacia el embarcadero?
Mira se giró y apuntó hacia la ladera oeste, desde donde se aproximaba un grupo de hombres. Llevaban unas túnicas oscuras y seguían a un sacerdote que portaba un cetro de madera con una piedra de obsidiana amarrada con una cuerda.
—Espera aquí —dijo Mira.
Lucian la siguió a una distancia prudencial sin decir ni una palabra.
El joven aldeano del cayado avanzó para interponerse en el camino de los recién llegados. Varios de sus compañeros se unieron a él.
—Estáis al este del río —les espetó.
—Hemos venido para iluminar el camino de los muertos —respondió el sacerdote.
—Esa no es nuestra costumbre —intervino Mira cuando alcanzó al grupo.
El sacerdote se rio.
—Y, cuando se alcen, ¿quién se enfrentará a ellos? ¿Tú?
El joven aldeano apretó con fuerza su bastón.
—¿Crees que te voy a permitir que quemes a mi esposa, comecenizas? —dijo escupiendo cada palabra.
El sacerdote frunció el ceño y dirigió la mirada a sus hombres. Lucian observó como, de manera inconsciente, los dedos del hombre acariciaban con suavidad su pesado báculo. Estaba impaciente por luchar.
Lucian dio un paso hacia delante.
—Los muertos no se alzarán —dijo—. No si se los entierra como es debido.
El sacerdote analizó a Lucian con la mirada para hacerse una idea de con quién se enfrentaba.
Lucian, por su parte, inclinó levemente la cabeza. Después, con un solo movimiento, cambió la distribución de su peso, abrió su abrigo de cuero y dejó que su mano reposara sobre el mango de su pistola.
El sacerdote contempló las armas y su mirada volvió a encontrarse con la de Lucian.
Él lo observó en respuesta, expectante. Casi lo estaba deseando.
Mira se interpuso entre ambos con los brazos en alto.
—Parad —dijo—. Ya tenemos suficiente miseria.
Se giró hacia los naktu.
—Una isla. Dos pueblos. Siempre ha sido así. Solo queremos enterrar a los nuestros a nuestra manera.
Los demás volvieron la vista hacia el sacerdote, que consideraba las palabras de Mira sin apartar la mirada de Lucian. Todos aguardaban su respuesta.
—Podéis llevaros a los vuestros —dijo—. Al este del río.
La multitud pareció calmarse y se fue retirando, con la excepción de Lucian y el sacerdote de los naktu. Permanecieron cara a cara, esperando a que el otro reaccionara.
—Todo el mundo tiene derecho a enterrar a sus muertos como considere —dijo Lucian.
—Primero tenemos que encontrarlos, y no vamos a conseguirlo si andamos peleándonos —intervino Mira.
Lucian permaneció en silencio. Acarició los detalles de bronce de su pistola con la yema de los dedos.
Mira le apoyó una mano en el hombro con suavidad.
—Por favor. Eres nuestro invitado.
Lucian asintió.
—De acuerdo. Son vuestros muertos. Vosotros decidís —concluyó a la vez que apartaba la mano de su arma—. ¿El embarcadero está hacia el oeste?
—Sí —respondió ella con un suspiro. Parecía que tenía algo que añadir, pero se limitó a bajar la cabeza.
—Espero que encuentres a tu padre —dijo él antes de girarse y continuar su marcha.
El embarcadero estaba situado en una cala cubierta. Una pequeña flotilla de naves se mecía suavemente con el vaivén de las olas. Lucian había amarrado su goleta en el extremo opuesto, entre una serie de navíos repletos de mercancías olvidadas y redes llenas de pescado en descomposición.
Siguió la línea del puerto y escucho el ruido de cientos de escarabajos que devoraban la carga podrida de la trainera atracada junto a su embarcación. Era su tercer barco, pues la falta de experiencia le había costado los dos anteriores. Aprender a navegar no había sido tarea sencilla, pero nada que ver con persuadir a los patrones de navíos para poder ir tras la Niebla Negra.
Subió a bordo de la goleta y descendió bajo cubierta para comprobar que tenía provisiones. Un localizador estelar se había caído del estante, pero, más allá de eso, todo parecía intacto. Volvió a colocar el artilugio en su sitio y se sentó en la cama.
Mapas de todos los rincones del mundo cubrían las paredes y el techo del camarote. En ellos estaban señaladas la zonas profundas, las corrientes peligrosas y las características del lecho marino.
Llevaba meses persiguiendo Harrowing. Su última expedición había comenzado en Raikkon y le había conducido hacia el sur, hasta Sudaro. Ese encuentro lo había llevado a atravesar el océano a toda velocidad hasta que perdió de vista la Niebla Negra en la costa de esas islas malditas. Después, los vientos del este lo habían arrastrado hasta el delta del Serpentino, donde al fin había conseguido alcanzar de nuevo la tormenta.
Marcó una de las numerosas islas del delta con un clavo. Después, ató un trozo de cordel al clavo y lo deslizó hasta conectarlo con el indicador de las Islas de la Sombra. La cabeza del clavo estaba también enlazada por el norte con Sudaro, en Jonia. Los mapas estaban salpicados con decenas y decenas de indicadores; un tapiz que reflejaba los últimos años.
Lucian contempló las marcas tratando de desvelar un patrón, pero no vio nada más que el desfile de sus derrotas por todo el continente de Valoran. Pensó en todas las veces que había intentado salvarla, y en todos sus errores. Sintió un nudo en la garganta al pensar en Thresh y en toda la rabia que había malgastado.
Los gritos de Senna retumbaban en su memoria.
Cerró los ojos y se esforzó por contener la desesperación hasta que logró no escuchar nada más que el latido de su corazón. Con firme resolución, se volvió hacia los mapas y comenzó a trabajar.
Cuando terminó de planear su próxima ruta y estuvo listo para partir, todavía quedaba una pizca de arena en el reloj. Cada vez era más rápido, pero aún le costaba calibrar las medidas muy precisas. La Niebla Negra no obedecía al viento.
Se levantó de la cama y se ajustó los vendajes que le envolvían las costillas. El dolor punzante de antes era ahora mucho más moderado. Satisfecho, regresó a cubierta y comenzó a desatar la cuerda de la driza de la vela mayor. Atisbó movimiento en la costa por el rabillo del ojo.
Mira estaba peinando la playa.
La observó recoger una gran calabaza, agitarla un par de veces y lanzarla de nuevo a la arena. Se volvió en dirección a Lucian y atisbó su figura. Él la saludó con la cabeza y continuó con su labor. Tras un instante, ella comenzó a avanzar en dirección al barco, recogiendo otro fruto de la playa por el camino.
—Son frutos calasa —dijo al tiempo que se lo lanzaba a Lucian.
Él lo agitó y percibió el néctar que fluía en su interior.
—Mi padre solía traer cargamentos enteros de Venaru. Dudo que lleven aquí más de un día.
—¿Dónde están los demás aldeanos?
—La mayoría se han ido a casa a preparar a los suyos para el entierro —respondió la muchacha—. Otros se han ido hacia las cuevas de lodo y la laguna, pero mi padre debería haber llegado ya cuando azotó la tormenta.
—¿Has visto el barco de tu padre atracado en el muelle? —dijo él, y le devolvió el fruto.
Ella negó con la cabeza y dirigió la vista al océano. Un puñado de embarcaciones volcadas y de mástiles sumergidos se alzaban como balizas entre las aguas poco profundas de la cala.
—Puede que tu padre nunca llegara a atracar.
Mira tenía la mirada fija en el fruto calasa que sostenía.
—Hemos encontrado a otra capitana de barco en la playa. Aún no hay ni rastro de su barco.
Lucian observó la costa y determinó que la marea no acabaría de subir hasta dentro de unas horas. Volvió a asegurar la driza con misma cuerda.
—A ver —dijo.
Mira le condujo siguiendo la línea de la costa. Siguieron la silueta de la cala, pasaron junto a un banco rocoso y se detuvieron al lado de un arrecife de coral.
—La encontramos aquí.
Lucian analizó la arena circundante y solo encontró fragmentos de conchas y coral. Observó detenidamente el agua, buscando restos de navío hundido. El mar en calma se fundía con el horizonte.
—¿Regresaba de Venaru?
—Sí, ambos venían de comerciar en los mercados de la ciudad.
—La tormenta llegó desde el este. Puede que ese sea el motivo de que acabara en este lugar —razonó Lucian—. ¿Cuándo solía llegar tu padre? ¿Antes o después que la otra capitana?
—Después —respondió, y la mirada comenzó a iluminársele con el brillo de la comprensión.
Contempló el océano, respiró hondo y se estremeció en silencio.
—Estaba solo —dijo.
Inclinó la cabeza y se mantuvo en la misma posición durante largos instantes, observando cómo las olas le lamían la suela de las sandalias.
—¿Y si la marea ha dejado su cadáver por la costa? —preguntó.
Levantó el rostro y miró hacia el oeste. La costa seguía serpenteando unos kilómetros hasta desaparecer con la curvatura de la isla. La respuesta a su pregunta estaba oculta en territorio naktu.
Avanzaron hacia el oeste, atravesando dunas de pasto y arcos tallados por las olas a lo largo de los siglos. La costa pronto se volvió rocosa e infranqueable, lo que los obligó a ascender torpemente por una ladera volcánica y continuar por lo alto de una cresta con vistas al mar. En la distancia, al sur, un monolito de piedra se alzaba desde las aguas hasta alcanzar el firmamento: el Pilar del Pesar, el punto más elevado de toda la isla de Venaru.
Mira escrutó la costa, desesperada por dar con cualquier rastro del barco de su padre. Señaló con el dedo una colonia de leones marinos muertos que estaba esparcida en las rocas de más abajo. Las gaviotas merodeaban por la zona y picoteaban los cuerpos hinchados de las bestias. Lucian asintió y siguió adelante sin decir nada.
La pareja avanzó por la cresta hasta alcanzar un barranco. Por el estrecho valle fluía un río que desembocaba en el mar. Era la frontera natural que separaba a los dos pueblos que coexistían en la isla.
Mira lo cruzó en silencio.
Juntos, ascendieron por la siguiente colina. La muchacha se abría paso por la ladera sin dificultad, apartando la densa maleza; Lucian, en cambio, fue rezagándose poco a poco. Con cada paso que daba, el dolor de sus costillas se intensificaba. Las vendas se habían soltado y se vio obligado a detenerse en mitad del ascenso. Apretó los vendajes y contuvo una mueca de dolor. Respiró hondo con violencia.
Observó a Mira, que esperaba en lo alto de la colina. Una mano la protegía del sol mientras escrutaba la costa circundante. Entonces, se detuvo. Se llevó la mano al rostro y dio un paso hacia atrás.
Lucian trepó arrastrándose por la gravilla suelta y se sirvió de las ramas y arbustos cercanos para levantarse. Alcanzó la cumbre en la que Mira aguardaba y observó lo que se extendía a sus pies. Un mástil roto había quedado atascado entre las rocas de más abajo. Lo poco que quedaba de la vela se agitaba con fuerza por el viento.
Buscó más allá de los restos del naufragio y siguió con la mirada las curvas de la costa, pasando de largo una pequeña cadena de islotes desiertos hasta detenerse al fin en una serie de altos acantilados que se atisbaba a lo lejos. Una bandada de gaviotas volaba en círculos junto a la costa.
El cadáver estaba tendido sobre un pedrusco volcánico. En la costa escarpada rompían poderosas olas que amenazaban con arrastrarlo consigo hasta las profundidades. La única opción era afrontar un descenso prácticamente vertical por la ladera.
—Pronto subirá del todo la marea —dijo.
Mira no respondió. Tenía la vista fija en su padre.
Lucian la agarró suavemente por el hombro.
—Mira —dijo.
Ella se encogió al tacto. Pestañeaba con estupor.
—Vides de tola —dijo—. Podemos usarlas para tejer una cuerda y una camilla.
Él la observó ponerse en marcha y comprendió al fin el alcance de su determinación. Respiro profundamente y la siguió.
Recogieron un montón de pesadas vides de entre la vegetación que adornaba la cima de la colina. Lucian trenzó las ásperas y gruesas tiras hasta formar una cuerda mientras las manos ágiles de Mira iban construyendo poco a poco una camilla para cargar el cadáver.
Lucian ató la cuerda a un árbol cercano y se aseguró de que aguantara el peso. Parecía firme. Satisfecho, lanzó la cuerda y la camilla en dirección al barranco.
—Iré yo —dijo.
—Es mejor que lo haga yo. Llevo años trepando.
—Sé trepar.
—Te estabas quedando atrás durante el camino.
—No te preocupes.
Ella sacudió la cabeza con frustración. Tenía las mejillas encendidas.
—Pesa demasiado —dijo ella—. Yo puedo guiar la camilla. Asegurarme de que no golpee las rocas. Pero necesito que seas tú quien tire de la cuerda.
Lucian observó el cadáver. Tenía los hombros anchos y las extremidades como troncos, trabajadas durante muchos años luchando contra las mareas. Unos noventa y cinco kilos de peso muerto. Asintió y le tendió la cuerda a Mira.
Ella avanzó hasta el borde del precipicio y se preparó para el descenso. Tras probar de nuevo la estabilidad de la cuerda, se dejó caer por la ladera. Dirigió la mirada por encima del hombro, respiró hondo para calmarse y comenzó a descender.
Lucian la contempló, nervioso, a medida que iba descendiendo por la cuerda, poco a poco, hasta que alcanzó un lugar en el que apoyarse. Apenas unos instantes después, volvió a buscar un nuevo objetivo con la mirada y repitió el proceso.
Lo hizo una y otra vez hasta que alcanzó un amplio saliente a un tercio del camino. El viento había cogido fuerza y hacía soplar una fuerte brisa marina. Mira extendió los brazos y los agitó para liberar tensión. Después dirigió la mirada hacia Lucian para indicarle que todo iba en orden.
Un poco más descansada, agarró la cuerda y buscó un nuevo rincón donde posarse. Tras unos instantes de búsqueda, miró de nuevo hacia arriba, sacudiendo la cabeza. No encontraba ningún apoyo que pareciera seguro.
—¿Quieres que te suba?
—Aún no.
Mira estudió con concentración la ladera a su derecha. Señaló un estrecho saliente a varios metros de distancia. Para alcanzarlo, tendría que moverse de lado. Lucian asintió, y después su mirada se posó sobre las agitadas aguas y las afiladas rocas que aguardaban más abajo.
Notó una tensión en el estómago mientras Mira comenzaba a amarrarse la cuerda al antebrazo. Entonces, sin dudar ni un instante, cogió carrerilla como pudo y saltó por la ladera.
Se precipitó a lo largo del acantilado y aterrizó en el saliente elegido. La roca y la tierra bajo sus pies se removieron a causa del impacto. Su cuerpo se inclinó hacia un lado, justo en el borde, y comenzó a caer.
Lucian la observó deslizarse por la cuerda, agitando las piernas en un intento de detener la caída. Uno de los pies se le quedó atascado en la tierra suelta e hizo que quedara patas arriba. Los brazos se le enredaron en las vides y detuvieron su caída. Ella dejó escapar un alarido de dolor.
La cuerda comenzó a deshacerse, y ella a descender en dirección al mar y a las rocas.
Lucian se puso en pie con rapidez y agarró el otro extremo de la cuerda. Mientras buscaba frenéticamente un camino para descender la ladera, Mira se hundió entre las olas.
Luchó contra la corriente, agitando brazos y piernas hasta alcanzar tierra firme. Exhausta, se desplomó sobre las rocas. Su pecho subía y bajaba a toda velocidad.
—¡Voy a bajar!
Mira alzó una mano temblorosa para indicarle que se detuviera.
Poco a poco, su respiración se fue normalizando y se incorporó. Durante mucho tiempo, mantuvo la mirada fija en el cadáver de su padre. Tendió una mano y le acarició el pelo con dulzura. Después, le dio la vuelta, apoyó su cabeza sobre el pecho del difunto y lloró.
Lucian apartó la mirada, perdido en sus propios recuerdos y a sabiendas de que la muchacha podría permanecer allí para siempre, presa del desaliento.
Trascurrido un rato, se puso en pie y arrastró la camilla. Lucian observó cómo hacía a un lado el pesar sobrecogedor que sentía y se convertía en la hija diligente que debía ser. Era la única forma de afrontar el carácter definitivo de la muerte. Volvió el cadáver sobre el costado con suavidad, colocó la camilla de zarzas bajo él y lo giró de nuevo para colocarlo. Una vez comprobó que estaba bien asegurado, indicó a Lucian que lo subiera.
Él agarró la cuerda y tiró con fuerza, levantando al difunto a la vez que Mira trepaba e iba guiando la camilla y asegurándose de que no se estrellara contra las rocas. No tardó mucho en romper a sudar, y el dolor del costado volvía a resultarle incisivo.
Cada vez que tiraba de la cuerda, se intensificaba. Se fue extendiendo por todo el torso hasta que le empezaron a temblar los brazos y la cuerda a amenazar con resbalar. Agarró las vides y las enrolló alrededor de un palo seco y firme.
—¿Va todo bien?
—Sí, dame un momento —dijo mientras se esforzaba por respirar.
El dolor amainó ligeramente. Se asomó por el borde. La camilla estaba a medio camino de ascenso por la ladera. Mira esperaba cerca, agarrada a un par de salientes diminutos que emergían del acantilado.
Lucian desató la cuerda y continuó su labor de forma lenta y deliberada, concentrado entre un esfuerzo y el siguiente y agarrando con firmeza las vides. Llevaba el ritmo de una forma que recordaba a un remero y su progreso era lento, pero seguro.
Un fuerte espasmo en el pecho hizo que soltara la cuerda.
Oyó a Mira gritar más abajo.
Lucian luchaba por una bocanada de aire mientras las vides se deslizaban entre sus dedos. Las apretó con fuerza y le abrasaron la carne hasta que, al fin, consiguió asegurarlas. El peso del cadáver le hizo precipitarse unos metros hasta el borde del acantilado.
Hundió los pies en la tierra con firmeza, trazando estelas con sus talones hasta que se detuvo del todo. Los brazos le temblaban sobremanera. Tiró hasta que le dio la impresión de que las articulaciones del hombro estaban a punto de estallar. Pero la camilla se resistía a moverse.
Sintió una fuerte punzada de dolor que lo arrastró a un nuevo espasmo. Apretó la cuerda trenzada y miró de izquierda a derecha en busca de algo, lo que fuera, a lo que pudiera atarla. No había nada. Solo estaba él.
Digirió la vista al océano a la par que sentía como se le iban entumeciendo las manos. Su amada estaba encerrada en algún rincón más allá del horizonte. Si dejaba que su viaje terminara ahí, rompería su promesa. El precio a pagar era demasiado alto.
Lucian sacudió la cabeza y aflojó el agarre. La cuerda se deslizó unos centímetros.
En ese mismo instante, sintió que se le encogía el corazón. Ella jamás habría soltado la cuerda. Su cabezonería la habría mantenido fiel a la muchacha que pendía de ella hasta el final. Sobre todo teniendo en cuenta todo lo que había puesto en juego para encontrar a su padre.
Desesperado y sin fuerzas, Lucian se ató la cuerda al brazo al sentir que no podría mantener el agarre. Las vides se ciñeron a él como una trampa que se cierra sobre un conejo incauto y lo propulsaron hacia delante. De nuevo, hundió los talones con fuerza en la tierra, pero no sirvió para nada. El peso del cadáver lo estaba arrastrando lentamente hacia el precipicio.
Una mano cubierta de sangre emergió por el despeñadero y se aferró al borde del acantilado. Unos instantes después, Mira se impulsó hacia arriba, rodó junto a Lucian y agarró la cuerda. Juntos tiraron hasta que el cuerpo de su padre llegó arriba.
Atisbaron las hogueras poco después de que cayera la noche. Lucian y Mira arrastraron la camilla por la colina escarpada mientras observaban como decenas de hogueras comenzaban a arder con furia en el valle de más abajo.
Se detuvieron para descansar entre las ramas de un baniano. Lucian se sentó, palpó con suavidad sus costillas y reajustó los vendajes que las envolvían. Mira observaba las llamas. Dejó escapar un suspiro tembloroso y se limpió las lágrimas en silencio.
—Tus manos —dijo Lucian.
Ella bajó la mirada a las vendas que las cubrían. Estaban manchadas de un tono carmesí.
—Estoy bien.
—Sangran de nuevo. Deja que las vea.
Tendió las manos hacia Lucian y este desenrolló con cuidado los vendajes. Las quemaduras que cubrían sus palmas estaban bañadas de sangre. Le invadió una oleada de resentimiento por todo el dolor que Mira y el resto de los aldeanos habían tenido que afrontar.
Retiró el tapón de su cantimplora y lavó cuidadosamente las zonas donde las heridas se habían vuelto a abrir. Después, cortó un trozo limpio de tela y envolvió de nuevo las manos de Mira.
—Queman el cuerpo y el espíritu. No dejan nada —dijo ella sin apartar la vista de las hogueras distantes.
Lucian no comprendía sus creencias, pero sabía mucho de promesas a los muertos.
—Tenemos que seguir avanzando —respondió.
Cada uno de ellos tomó un extremo de la cuerda y se lo cargó sobre los hombros. Tiraron al unísono para arrastrar la pesada camilla, y siguieron adelante. La gravilla crujía bajo sus botas a cada paso por la ladera.
Antes de alcanzar la cima, oyeron los cánticos.
Lucian le indicó a Mira que se agachara y la guio hacia la espesura. La densa maleza les sirvió de abrigo y, desde su posición, escudriñaron el valle y localizaron a un grupo de naktu que se había reunido junto al río.
Estaban de pie, envueltos en las sombras de un árbol, pero Lucian reconoció al sacerdote. El hombre alzó su cetro y el pedrusco de obsidiana comenzó a refulgir con un tono bermellón. La tenue luz reveló la silueta de un cadáver tendido junto al lecho del río. De repente, estalló en llamas.
Los cánticos de los naktu se intensificaron al tiempo que lo hacían las llamas de la pira. El sacerdote bajó el báculo y la luz de la piedra se fue apagando. El grupo se quedó en silencio.
Lucian desenfundó sus pistolas.
—¿Qué haces? —preguntó Mira.
—Acabar con esto.
Ella negó con la cabeza.
—Ya está hecho.
Lucian no le hizo caso y se dispuso a avanzar. Mira le agarró el brazo.
—¿Por qué? —le preguntó, pero sonó casi como una súplica—. Aunque los mates a todos, esa gente no dejará de ser ceniza.
Los naktu avanzaron siguiendo el río y se detuvieron junto a otro cadáver.
—Están al este del río.
—¡Sé perfectamente dónde están! —exclamó ella, desafiante. Dio un paso atrás y levantó los brazos—. ¿Acaso crees que no quiero hacer nada al respecto? ¡Son mi gente!
Bajó la mirada a la camilla en la que descansaba el cuerpo de su padre. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Pero no puedo... —continuó con la voz temblorosa—. Tengo que llevar a mi padre a casa. Eso es todo lo que importa. Ni los naktu ni sus fechorías. Solo él.
Mira no esperó a que respondiera. Se agachó para recoger las cuerdas de la camilla y se las echó al hombro. Se inclinó hacia delante, luchando contra la pesada carga, tratando de desplazarla. Finalmente, la camilla se deslizó por la gravilla, impulsada por sus solitarios esfuerzos.
Los naktu reanudaron su canción.
Lucian dirigió la mirada al grupo de hombres, que se detuvo junto a otro cadáver. El sacerdote prendió fuego a la pira con su báculo. Sintió como le invadía la rabia, pero no era capaz de olvidar las palabras de Mira. Poco a poco, la ira desapareció y solo dejó tras de sí una resignación cargada de pesar. Enfundó sus armas y se reunió con Mira.
Cuando alcanzaron la aldea, ya había pasado la medianoche. Llegaron al caserón vacío perseguidos por débiles susurros y miradas furtivas. Exhaustos, se descolgaron las cuerdas de la camilla y se sentaron fuera junto al portón. Algunos hogares cercanos refulgían con la luz de antorchas, pero la mayoría estaban oscuros y silenciosos.
—Deberíamos llevarlo dentro —dijo Mira.
Despejaron el mobiliario de la habitación central y posaron el cadáver sobre una cama de helechos. Mira llenó un cubo con agua, lo colocó sobre las planchas de hierro y encendió un fuego. La calidez de las llamas inundó la habitación.
La muchacha se sentó en el suelo junto a su padre.
—Papá, te presento a Lucian —dijo—. Me ha ayudado a traerte a casa.
El estómago se le encogió al escucharla. Había titubeado en lo alto de aquel acantilado. La determinación de Mira era lo que les había hecho mantener la fe y la causa de que hubieran llegado sanos y salvos.
Desabrochó con suavidad los botones en forma de concha de la túnica de su padre y la abrió. Dejó escapar un sollozo. Por su pecho y sus brazos se extendía una red de heridas ennegrecidas. Terminó de desvestirlo con manos temblorosas. Se detuvo justo antes de acabar, con la mirada brillante y extraviada.
—¿Quieres que...? —se ofreció Lucian.
—Por favor —susurró ella.
Él asintió y contempló el cadáver. El último aliento del hombre estaba dibujado en su carne. Los trazos hablaban de horrores indescriptibles, de un final agónico.
Los recuerdos se abalanzaron sobre él y amenazaron con ahogarlo en amargura. Ignoró esos pensamientos y se centró en ayudar de la única manera que podía.
Le quitó las botas al hombre y desató el cordón de los pantalones. Trató de quitárselos, pero el cuero se había endurecido con el agua de mar. Sacó una daga del interior de su abrigo. Mira asintió. Cortó el tejido por las costuras y lo retiró del cuerpo del hombre.
Mira tomó el cubo del fuego y mezcló el agua con aceite de alcanfor. El vapor llenó la habitación con una dulce fragancia.
Limpiaron el cadáver con paños de lino, frotando con suavidad para eliminar todo rastro de tierra, sal e impureza. Mira sostuvo la mano de su padre con cuidado de no dejar mugre bajo sus uñas. Cuando terminaron, lo abrazó con ternura; su mirada reflejaba pena y amor.
Mira se puso en pie y trajo de otra habitación una horquilla para el pelo de plata adornada con ágata y coral. La colocó en la palma de su padre y le cruzó las manos sobre el pecho.
—Era de mi madre. Se la dio el día de su boda.
Lucian contempló la pistola reliquia que descansaba en su cartuchera. La pistola de ella, adornada con filigranas más delicadas e elaboradas que las suyas.
—Murió antes de que yo cumpliera un año —dijo ella—. Mi padre temía que hubieran pasado muchos años. Que hubiera envejecido demasiado y ella no le reconociera cuando llegara su hora.
La muchacha se estremeció y dejó escapar una risa nostálgica.
—Siempre me pareció una tontería —dijo con una sonrisa en la mirada—. Cómo no iba a reconocerlo. Lo llevaría de vuelta a casa.
Lucian pensó en las millones de almas atrapadas en la Niebla Negra. Su padre probablemente estuviera entre ellas, atrapado en un tormento eterno. No se sintió capaz de decirle la verdad.
—No has perdido la fe. Eso es lo que importa —dijo.
Mira permaneció en silencio un largo rato antes de continuar.
—¿Por eso persigues la niebla? ¿Para cumplir una promesa?
Él se recostó.
—Me lo quitó todo.
—Entonces, ¿buscas venganza?
Lucian fijo la vista en el fuego.
—Una vez que lo ves...
Mira miró a su padre.
Ambos se quedaron en silencio, perdidos en sus pensamientos. El fuego crepitó en el hogar e interrumpió sus meditaciones. La primera en hablar fue Mira.
—Yo no estuve allí... No sé lo que sintió... No sé lo que sintieron —dijo con un hilo de voz—. Pero la venganza no va a traerlos de vuelta.
Se limpió las lágrimas y se giró de nuevo en dirección a su padre.
La mirada de Lucian se posó en sus manos. Descansaban sobre sus pistolas; sus yemas acariciaban los adornos de bronce.
Pensó en todas las ocasiones que había tratado de salvarla y lo que le había impedido conseguirlo. Llevaba muchos años pensando que no era venganza lo que buscaba, pero las palabras no paraban de resonar en su mente.
Escuchaba la risa de Thresh, que sofocaba todo lo demás... incluso la voz de ella.
Cerró los ojos y repitió para sí mismo lo que había aprendido muchos años atrás. "Esculpe para deshacerte de lo sobrante. Que solo quede la piedra... Esculpe para deshacerte de lo sobrante. Que solo quede la piedra...".
Pero no consiguió acallar la risa ni corregir el temblor de sus manos. Apretó sus pistolas hasta que le dolieron los dedos, hasta que lo único que fue capaz de escuchar era el latido de su propio corazón.
Los recuerdos llegaron uno a uno. Desde el momento en el que la había perdido, muchos años atrás, hasta su último intento fallido de recuperarla. Se agolparon en su mente con destellos cegadores y estruendos ensordecedores. El corazón se le salía del pecho. Se esforzó por respirar mientras era testigo de cada alarido... cada risotada sádica... cada disparo cargado de rabia. El patrón que había seguido se resolvió al fin.
Sintió un profundo pesar al atisbar la verdad. Era su ira lo que le permitía conservarla. Mantenía con vida su recuerdo y evitaba que se hundiera en un pozo de desesperación. Abandonar esa rabia sería una traición. Y, sin embargo, esa misma rabia era lo que le impedía entregarle a su amada el descanso eterno. Le había prometido la paz, pero solo le había otorgado más sufrimiento.
Le había fallado desde el día en que murió.
Lucian contempló el entierro desde a bordo. Mira y su gente habían postrado a sus seres queridos en unas camillas cubiertas con forma de caparazón de tortuga. Todos los cadáveres estaban cuidadosamente envueltos con lino blanco. Se les enterró al amanecer en un foso común cavado en la arena de la costa.
—Volverán a nacer y regresarán al mar, donde sus ancestros los guiarán a casa —había dicho Mira.
Lucian se preparó para partir. Desató la driza y tiró de la cuerda para alzar la vela principal. La lona se deslizó por el mástil y se infló con el viento. Se estaba preparando para zarpar cuando vio que Mira se acercaba. La saludó con la mano.
—Una ceremonia muy hermosa —dijo.
—Gracias —respondió ella—. Por todo.
Lucian asintió y miró hacia el mar en calma que se perfilaba en el horizonte.
—¿Seguirás persiguiendo a la niebla?
Él negó con la cabeza.
—Voy a enterrar a los míos.
La muchacha le dedicó una lánguida sonrisa.
—Cuando acabes, podrías regresar aquí. Siempre habrá sitio para ti.
—Quizá —respondió él, pero no creía que volviera.
Lucian la contempló caminar de vuelta hacia la costa. Se paró para recoger una calabaza, la agitó unas cuantas veces y siguió adelante con ella en la mano. Cuando alcanzó la arboleda y el camino que conducía hacia la aldea, se giró para despedirse.
Lucian le devolvió el saludo, sabiendo que jamás regresaría.
Su viaje acabaría en las Islas de la Sombra. No necesitaría más clavos ni más cordeles. Esculpiría hasta deshacerse de la ira. Hasta que solo quedara su promesa... Lo único que importaba es que ella encontrara descanso. En lo más profundo, sabía que esa sería su última aventura. Solo imploraba poder escuchar su voz una vez más.
Si la suerte le sonreía, quizá ella estuviera ahí para llevarle de vuelta a casa.