El niño no está. El asesino permanece.
Shieda Kayn, un practicante sin igual de la letal magia sombría, lucha para alcanzar su verdadero destino: conducir la Orden de la Sombra hacia una nueva era de supremacía jonia. Esgrime el arma darkin viviente Rhaast, inmutable ante la progresiva corrupción de su cuerpo y su mente. Solo hay dos resultados posibles: o Kayn somete el arma a su voluntad... o la guadaña malévola lo consume por completo, dando lugar a la destrucción de Runaterra.
Kayn, parado con seguridad a la sombra de los Noxtoraa y rodeado de soldados muertos, sonrió frente a la ironía. Estos arcos triunfales de piedra negra fueron erigidos para honrar la fuerza de Noxus, para infundir miedo y para demandar lealtad de todo aquel que los cruzara. Ahora el lugar era una lápida, un monumento a la fuerza y la arrogancia falsas, así como un símbolo de los guerreros caídos cuyo miedo los traicionó.