Short Story
Tierra a la vista
Por Ian St. Martin

Tierra a la vista

Por Ian St. Martin

Desplázate para comenzar

Tierra a la vista
Por Ian St. Martin

Extrañamente, las aguas estaban calmas por la noche. La superficie del mar estaba tan tranquila que uno podía confundirla con un espejo que reflejaba el cielo estrellado. La luz de la luna bañaba todo con un brillo frío y plateado, aunque su resplandor mermaba lentamente.

La luna estaba sofocada. El cielo que estaba entre ella y aquellos que contemplaban su belleza había sido invadido por tentáculos de oscuridad que se extendían por la noche como tormentas malignas vivientes. Este espectáculo ya se había visto muchas veces en el pasado, y muchas eran las almas que la tormenta insondable se había llevado; pero nunca había sido tan grande, ni se había extendido tanto.

El mundo se había acostumbrado a los horrores de los Harrowings, tempestades de oscuridad repletas de espectros monstruosos que emergían de las Islas de la Sombra. Aquellos en su camino aprendieron a reconocer las señales, a sobrevivir a su furia quejumbrosa y a llorar a los caídos. Pero lo que estaba pasando ahora, lo que se acercaba y engullía el cielo, era otra cosa.

Casi como si hubiera una mano invisible que guiara el camino.

Esta noche, sin embargo, todavía se podía vislumbrar el mundo y la quietud del mar. Esta noche, lo único que estropeaba la perfección del agua eran islas diminutas de madera astillada, tela rasgada y las oscilantes formas de los muertos recientes.

Tudre intentó no mirarlos. En las primeras horas después de su condenado viaje y la desesperada lucha por abandonar el barco, se había quedado ronco de tanto gritar, con la esperanza de que alguien más hubiera sobrevivido. Pero era en vano. Estaba solo.

Entonces, Tudre se aferró con todas sus fuerzas a un pedazo de madera flotante, decidido a resistir las aguas congeladas que buscaban arrastrarlo a sus oscuras profundidades. Casi podía escuchar el llamado de la profundidad, instándolo a unirse a los demás; su persuasiva voz acarreaba la promesa del descanso si tal solo dejaba que las aguas inundaran sus pulmones.

El mar había adormecido sus piernas, pero Tudre se obligó a moverlas. Rechazó el claro llamado de desesperación que tiraba de sus botas con los suaves consuelos de la muerte. Tudre no hubiera llegado tan lejos en la vida siendo sumiso, y esta no sería a primera vez.

Solo tenía que llegar a tierra firme. Tudre había navegado a toda velocidad con destino a Fallgren, una isla pequeña cerca del continente de Valoran. Habían estado tan cerca... no podía estar muy lejos.

Aunque el cansancio y el frío nublaban su visión, Tudre percibió movimiento por el rabillo de su ojo bueno. Hizo foco, y resultó ser un pedazo de vitela engrasada que flotaba cerca del santuario astillado al que él se aferraba. Tudre lo miró con detenimiento. El agua había dañado y emborronado las marcas y la tinta en su superficie, pero todavía se entendía.

Era un pedazo de su carta de navegación. Garabateado en ella había un mapa simple y gastado de rutas de comercio y transporte, y algunas medidas de distancias marinas. El nombre de lugares conocidos, e incluso algunos secretos. Dibujos toscos de nubes con rostros que expulsaban bocanadas de sus bocas para marcar los mejores sitios donde los vientos podrían bendecir a un barco con un paso veloz, solo para quienes se atrevieran...

''Estás loco''.

Tudre resopló y se estiró para agarrar el farol oscilante que proveía la única fuente de luz del camarote. Las aguas se estaban inquietando, y no tenía tiempo para escuchar los disparates de su contramaestre.

''¿Los años lo ablandaron, señor Bowsy?''. Tudre sonrió con malicia mientras tiraba del viejo corsario para acercarlo a su lado. ''No tengas vergüenza si es así. Puedes decírmelo; solo hazme el favor de decírmelo ahora. Necesitaré a alguien en tu lugar para mantener a raya a la tripulación''.

''No tengo miedo''. Bowsy hizo equilibrio para lanzar un gran escupitajo al suelo a través del orificio que le dejó un diente faltante. ''Pero no soy insensato. Moriremos todos, capitán. Y no soy el único que lo piensa''.

''Navegamos rápido y regresamos ricos''. Tudre clavó un dedo en el viejo mapa desplegado sobre la mesa delante de ellos. Limpió un charco diminuto de agua que se había formado debido a una gotera en el techo, y luego siguió con el dedo una ruta dibujada con tinta rojo mate. ''Todos los barcos cercanos están atracados, las tripulaciones se comportan como si fueran niñitos de mamá. Pero el comercio nunca duerme, señor Bowsy. ¡Piensa en todo lo que nos espera allí, sin protección! Hacemos un viaje rápido y nos traemos todo lo que ellos desearían tener''.

''Los barcos están atracados porque hay un maldito Harrowing''. Bowsy cruzó sus gruesos y tatuados brazos delante del pecho. ''El más grande jamás visto, te cuento, incluso para los más ancianos. ¡Te aseguro que no vale la pena arriesgarse por nada que haya allí afuera!''.

Tudre se enderezó, y notó que la tinta roja del mapa le había manchado el dedo. Miró fijamente a su contramaestre. Su voz se volvió más grave, y habló con un tono frío que indicaba que la discusión había terminado. ''Quien quiera quedarse puede hacerlo, no habrá consecuencias. Menos manos significan más ganancias para aquellos con agallas para navegar. Y vamos a navegar, eso te lo aseguro''.

Bowsy hizo un último intento. ''Por lo menos, ponlo a votación. Que la tripulación decida''.

''No esta vez''.

El ojo bueno de Tudre se clavó en el contramaestre, inflexible. Bowsy le sostuvo la mirada por apenas dos segundos, pero no más. Desvió la mirada.

''Entonces...''. Tudre sonrió de oreja a oreja con astucia. ''¿Vienes o no?''.

Tudre intentó apartar el recuerdo de su mente sacudiendo la cabeza, pero el esfuerzo le provocó un mareo. El recuerdo indeseable persistía a pesar de sus esfuerzos, aferrado detrás de sus ojos como una garrapata. O como si hubiera algo que lo mantuviera allí y lo obligara a mirarlo.

Entonces sintió algo extraño sobre él, casi como la niebla que surge del agua. La vida de un marinero estaba repleta de buenos y malos augurios, corazonadas y golpes de suerte. Hacía mucho tiempo que Tudre se había acostumbrado a la existencia de un mundo paralelo al suyo, y de vez en cuando el muro que los separaba se hacía más delgado. Le estaba pasando eso ahora, como un leve latido. Una sensación insistente de terror e ira que intentaba instalar la culpa en su cuerpo. Pero no lo permitiría.

''Los barcos se hicieron para navegar, cualquiera lo sabe'', resolló Tudre, castañeando los dientes. ''Lo he hecho miles de veces. La fortuna te da una oportunidad, y la tomas. ''¡No puedes tener esta vida si no tienes coraje!''.

Las palabras de Tudre llevaban la bravuconería distintiva que tan bien lo había acompañado durante toda su vida; una abundancia de agallas y crueldad naturales que no solo lo habían llevado a ser capitán de su propio barco, sino también a conservar el puesto. La alta mar era cruel con los débiles, al igual que Aguasturbias y cualquier otro puerto grande que hubiera pisado. Si dejas pasar una oportunidad, es probable que luego te des cuenta de que fue tu última posibilidad de conservar tu capital, o de seguir con vida.

Pero en esta noche fría no había nadie que se intimidara con su discurso. Solo el terror que surgía de las profundidades. Persistía, intacto.

''La tierra está cerca'', se dijo Tudre a sí mismo. ''Tiene que estarlo''.

Tudre no se había dado cuenta de que se estaba desplazando. Su trozo de madera flotante le hacía honor a su nombre, y se acercaba lentamente a una zona de restos entrelazados. El corsario observó la colección flotante de pedazos y astillas, pero no encontró nada que fuera mejor que lo que tenía para evitar ahogarse. Había una rollo de tela de vela en el medio, pero Tudre sabía que eso era más una amenaza que una salvación. Había visto a varios marineros asustados quedar atrapados en la tela durante una tormenta, sin poder moverse ni un centímetro si los vientos y la espuma de mar los empujaban por la borda.

El semblante curtido de Tudre se puso serio cuando la tela de vela comenzó a acercarse. Estiró una mano para intentar apartarla, pero su brazo se hundió en ella hasta el codo, y perdió el equilibrio. Gruñó con los dientes apretados, peleando contra la vela...

''¡Resistan!'', rugió Tudre, intentando hacer oír su voz por encima de la tormenta. ''¡Aseguren esa línea!''.

No sabía si alguien podía escucharlo mientras recorría la embarcación vociferando órdenes. La lluvia y la bruma y las sombras azotaban la cubierta, las velas, la tripulación. Vendavales aterradores rugían a su alrededor, pero no con viento, sino con voces. El coro de los alaridos de los condenados había caído sobre Tudre en el última tramo de su viaje. Su barco era rápido, pero no tan rápido como para mantener distancia.

Tenían la bodega repleta de tesoros. Habían robado mercancía de almacenes costeros y barcos mercantes anclados sin gran dificultad, ya que sus guardianes habían abandonado sus puestos para huir del Harrowing. Esa fortuna los estaba ralentizando ahora. Bowsy estaría reprendiendo a Tudre por no haberle creído, de no haber sido el primer hombre que la oscuridad se llevó al caer sobre ellos.

''¡Capitán!''.

Tudre giró para encontrarse con el joven Flir lidiando con un rollo de vela. Flir intentaba con desesperación amarrar la vela al mástil para evitar que se desgarre y se suelte, pero estaba perdiendo la batalla.

Sus miradas se cruzaron; los ojos de Flir pedían ayuda mientras la tela engrasada flameaba y desafiaba cada uno de sus intentos por asegurarla al mástil de madera. Tudre evaluó acercarse a él, pero luego vio astillas salir disparadas de la madera, y todas sus dudas se disiparon.

''Capi...''.

La madera se quebró, y Flir salió volando hacia la oscuridad agitada. Tudre vio sus ojos abiertos llenos de terror mientras desaparecía en una nube de rostros retorcidos y desesperadas manos extendidas como garras. Un instante después, el muchacho se esfumó para convertirse en un grito más del coro.

''Mejor él que yo'', le rugió Tudre a la acusación silenciosa del mar. Sintió la presión dentro de su cabeza y la sensación de que lo estaban observando, aunque estaba solo.

La tela de la vela se enredó en su antebrazo, apretándolo más cada vez que intentaba zafarse.

''Mejor él'', repitió, mirando el trozo de vela adherido a su mano, ''que yo''.

¿Por qué? Parecía preguntar la tela que rodeaba su muñeca.

Tudre tembló, pero no de frío. Ahora su mente le estaba jugando una mala pasada, golpeado y cansado y desesperado como estaba. Intentó liberar su brazo, pero se detuvo a medio camino, a punto de soltarse de la madera flotante.

''¡Porque soy el maldito capitán!'', escupió Tudre. ''Este es mi barco, y mi carga. Tengo una obligación con cada persona a bordo, no solo con el joven Flir. Si corro para ayudarlo y me enriendo también, ¿entonces qué pasará? ¿Qué será del resto de mi tripulación si no estoy allí?''.

Por un momento, la ira se apoderó de Tudre. Se retorció, tiró con fuerza de su brazo y la vela finalmente lo soltó. Pero el movimiento lo dio vuelta, su espalda quedó contra la madera flotante y en un segundo se soltó de ella; ahora, estaba debajo del agua.

El silencio lo envolvió, al igual que un frío penetrante. Tudre se agitó por unos segundos antes de tomar el control de sí mismo. Era un hombre de mar veterano, no un inexperto marinero de cubierta. Miró hacia arriba y vio la superficie del mar justo encima de él; intentó mover los brazos y las piernas para impulsarse. Pero no podía moverse.

Era algo más que músculos agotados y entumecidos por el frío. El ojo bueno de Tudre miró para todos lados, y solo vio siluetas borrosas bajo la luz de la luna menguante. Más restos, los pedazos más ligeros de un barco todavía por asentarse en las oscuras profundidades. Y cuerpos. Los cuerpos de hombres y mujeres que lo llamaban capitán.

Que confiaban en ti...

Las palabras golpearon a Tudre, un sentimiento más que un sonido.

... y tú los traicionaste.

Tudre se liberó de lo que sea que lo estaba conteniendo, y el pánico que sentía le dio la fuerza que necesitaba para llegar a la superficie. Jadeó para recuperar el aliento, girando sobre sí mismo en búsqueda de la madera flotante. La vio y se sujetó a ella, abrazándola como a su primer amor.

Solo entonces, mientras con los dedos recorría sus bordes pegajosos, Tudre se dio cuenta qué era. Era una pedazo de un bote salvavidas. Uno de los botes salvavidas...

''¡A los botes!'', gritaba alguien. ''¡Abandonen el barco!''.

Ahora había cosas a bordo. Bestias desagradables, horribles y marchitas que se habían separado de la tormenta como pulgas de un perro. Atravesaban el torrente sin esfuerzo, inalteradas por el caos, mientras masacraban a la tripulación de Tudre con sus colmillos y garras.

Tudre y sus hombres se habían ganado varios apodos durante sus vidas. Corsarios, comerciantes, hombres de negocios; todo ello era cierto, tan cierto como que también eran piratas, bucaneros y ladrones. La violencia no les era desconocida, y cada uno de ellos atravesaba las cubiertas con más armas las que podían tomar con las manos.

Pero caían ante los espectros como moscas. Hombres y mujeres que Tudre había visto pelear, cazar grandes leviatanes de las profundidades y luchar en la vanguardia durante los abordajes contra cañones y espadas, suplicaban como niños ante monstruos que no podían entender lo que era la piedad, y muchos menos otorgarla. Lo que sí otorgaban era la destrucción de sus cuerpos y sus espíritus.

Tudre se abrió camino a los empujones entre la masa de rostros aterrorizados que se agolpaban frente a los pocos botes salvavidas agujereados que tenía el barco. Habían dejado varios botes en el puerto para alivianar el peso y traer así más tesoros, y ahora hombres y mujeres llenaban la embarcación de madera, muchos más de los que los botes podían soportar.

''¡Abran paso!''. Tudre apartó de un golpe a un compañero de tripulación y pasó una pierna por encima del bote salvavidas más cercano.

''¡Alto!'', gritó un hombre desde la proa del bote. ''¡Este está lleno! Uno más, y nos mandará a todos al fondo del mar''.

''¡Zarpa!'', dijo Tudre, con el puño cerrado sobre la empuñadura del alfanje en su cintura.

''¡No puedo arriesgarme con tantos a bordo!'', respondió el hombre.

Tudre puso una mano en la nuca del hombre, atrayéndolo hacia él como si le fuera a susurrar algo al oído. En vez de eso, el alfanje del capitán se topó con su estómago, y el acero lo atravesó por completo en una mescolanza de sangre ennegrecida por la locura que los devoraba a todos. Con un movimiento suave, Tudre retiró su espada y arrojó el cuerpo sin vida del hombre por la borda.

''Listo'', masculló. ''Un cuerpo menos. ¡Ahora, zarpen!''.

''Soy un sobreviviente'', argumentó Tudre, aunque sus palabras sonaban sin fuerza. ''Los fuertes sobreviven, y los débiles mueren. Elijo la vida, una oportunidad de vivir, para todos en ese bote, en vez de volcarlo y dejar que todos se ahoguen. Por lo menos tuvieron la oportunidad''.

Ya no sabía a quién estaba tratando de convencer. El sentimiento de culpa que antes era una voz, ahora se multiplicaba en muchas, que bombardeaban su cabeza como un cañón lateral.

... tú hiciste esto...

... perdimos nuestras vidas...

... tu avaricia...

... nos mató a todos...

... asesino...

... pérfido...

Tudre bajó la cabeza y apoyó la frente contra los restos del bote salvavidas, agregando peso a su silenciosa condena. ''Basta''.

La luz de la luna casi había desaparecido. Tudre levantó la vista, y vio una leve franja borrosa en el horizonte. Su alma estalló de esperanza.

''Tierra firme'', jadeó.

Por los nervios, de los labios de Tudre brotó una risa histérica, aliviado ante la perspectiva de ver el amanecer de un nuevo día. La risa se detuvo abruptamente cuando algo lo empujó desde atrás.

Notó la presencia de formas oscuras a su alrededor. Podía jurar que ninguna de esas formas estaba ahí hacia apenas unos instantes. Pero allí estaba, flotando a su alrededor y meciéndose suavemente, la carne quieta de su tripulación.

''Nunca les hice nada malo'', dijo Tudre, con la voz entrecortada. ''Lo que hice fue para el beneficio de todos, no solo el mío. Todos conocían los riesgos. ¡Ustedes hubieran hecho lo mismo!''.

Las voces que atormentaban a Tudre parecían emanar de los cuerpos. Sus gritos lo abofeteaban, poniéndole los pelos de punta.

''¡Basta!'', rogó. ''¡Se los suplico!''.

Pero no cesaban. Se fundieron en un único coro terrible, que repetía una sola palabra como un canto fúnebre para socavar el corazón de Tudre.

¡TRAIDOR!

''¡No!'', exclamó y su grito se extendió por la ligera agua.

Al mismo tiempo, los espíritus de la tripulación de Tudre se irguieron, dejando atrás sus cuerpos. Flir, Bowsy y todos los demás lo miraban con semblantes vacíos y ojos nublados. De sus labios azules no brotaba ningún sonido, pero la cabeza de Tudre estaba a punto de explotar de la rabia.

''¡No!'', gimió, cerrando con fuerza los ojos. ''¡Déjenme en paz!''.

De repente, la madera flotante se hundió un centímetro, como si le hubieran agregado peso. Tudre se obligó a abrir los ojos, y se encontró cara a cara con la muerte.

Era una mujer, alta y ágil, de pie sobre la madera flotante con un equilibrio que parecía tan natural como imposible. En vez de músculos, su cuerpo consistía en una llameante energía espectral color azul. Llevaba una armadura maltratada y un yelmo con una pluma larga y negra. Llevaba tres lanzas en el pecho, y otra sujetada firmemente en la mano.

Con solo verla, Tudre empalideció. Todos conocían las leyendas, los susurros que cualquier hombre podía considerar historias fantasiosas para asustar a los niños. Historias de la personificación de la venganza, que se aparecía cada vez que la injusticia se hacía presente y las voces clamaban castigo.

Llamaban a la Dama de la Venganza y, lanza en mano, ella acudía para impartir su condena.

La tripulación de Tudre se acercó, y la luz espeluznante de la mujer se reflejaba en sus ojos azules brillantes.

''¡No!'', suplicó Tudre ante la imagen que coartaba la promesa de tierra firme y le arrancaba los últimos vestigios de voluntad. ''Solo quería hacerme camino en este mundo. Mi tripulación no merecía su destino, así como yo no merezco esto. ¡No sabes lo que es guiar a los tuyos a su perdición, ser responsable de la condena de sus almas!''.

De repente, el semblante impasible y frío de la mujer se llenó de vida, casi como si hubiera un sonido en la distancia que solo ella podía escuchar. La mujer bajó la vista para mirar a Tudre, y su mirada lo perforó hasta la médula. Por un instante, torció su rostro en una mueca de ira, pero esta enseguida desapareció.

Lentamente, bajó la lanza hasta apoyarla justo debajo de la garganta de Tudre. Hizo presión, aunque no demasiada como para perforarle la piel y atravesarlo por completo. Solo lo suficiente para separarlo de la madera y hundirlo bajo el agua.

La mente de Tudre gritaba desaforada, la urgencia por sobrevivir lo impulsaba a subir, pero no podía hacerlo. La punta de la lanza sobre su garganta le impedía moverse. Tudre alzó la vista hacia el rostro resplandeciente e imparcial de la mujer. La Dama de la Venganza lo había venido a buscar, finalmente.

Todas las voces se acallaron. Su tripulación se hundió con él, rodeándolo como unos dedos que se cierran formando un puño. Todo se oscureció. Tudre al fin sucumbió ante la profundidad y la recibió con los pulmones abiertos. Las últimas burbujas escaparon de las comisuras de sus labios mientras se hundía en la oscuridad, con la tierra a la vista.